Pues sí, lo admito, he caído. He vuelto a ver "Supervivientes". Pero la ocasión lo merecía. El caso es que no he podido (ni querido) verlo entero, porque ya sabéis lo que pienso de los "realitys" y sobre todo de la mayoría, no todos, pero sí la mayoría de sus invitados. Cuando he llegado a casa de ver ganar (otra vez) a mi Sevilla F.C., zappeando he parado un poco en Telecinco. Carmona es un pueblo muy "pequeño" en el sentido de que cuando un personaje conocido de nuestra tierra como es Carmen Gahona se apunta a un programa de televisión nacional, lo lógico es que genere interés. Por eso he usado "pueblo" y no "ciudad", pero a lo que vamos. Carmen en este pueblo ha sido: empresaria, trabajadora (mucho, muchísimo), candidata a alcaldesa, rociera, madre luchadora y no sé cuántas cosas más. Yo la conocí gracias a mi primera etapa en "Onda Carmona" cuando los estudios estaban en la Plaza de Abastos, donde ella regentaba su restaurante de comidas caseras "Ancá Carmela".
El caso es que en el descanso del partido, un vistazo a mi twitter me hizo leer que Carmen había sido descartada finalmente del programa "Supervivientes" por cuestiones médicas. Carmen tiene una enfermedad por desgracia muy común en nuestra sociedad: es diabética. Como mi madre... Como mi abuela... como mucha gente que conozco... Pero si ya tenían ese dato, punto primero, me parece absurdo haberla hecho ir a Honduras para luego no dejarla participar. He visto el momento en el que el conductor del show (ni nombrarlo quiero), le comunicaba que no podía participar, debido al alto riesgo que supondría para Carmen la dureza de las pruebas que se hacen en el programa, la ausencia de comida, o las condiciones del propio concurso. Lo cierto es que me ha dado lástima, no pena, que para sentir pena hay otras cosas más importantes en la vida. He visto a su hija Séfora (otra luchadora) mandarle apoyo y emocionarse ambas.
Pero más allá de la participación de Carmen en mi odiada, repulsiva, inculta y vomitiva prensa del corazón, el trasfondo que he visto en esta escena del descarte de Carmen Gahona me ha hecho percatarme de que no necesita estar en "Supervivientes" para ser uno de ellos. Pero no de los "Supervivientes" de Telecinco, sino de la vida. Ser diabético hoy en día, aunque hay muchos avances médicos, es una auténtica putada. Sobrevivir sabiendo que tienes que privarte de ciertos alimentos, controlarte (a veces de por vida) tu sangre y niveles, pincharte insulina o tomar pastillas (a veces de por vida) y seguir adelante sin derrumbarte, es de auténtico héroe, de auténtico Superviviente. La diabetes es algo que conozco muy bien, como decía, por causa de mi abuela y mi madre, y de muchos otros amigos y seres queridos que la han sufrido o la sufren.
Carmen es un "animal mediático" en potencia y en Telecinco lo saben. Pero no encuentro de recibo que la hagan ir a un programa para hacerla volver. Mi apoyo a Carmen y a toda su familia, pero no por el programa (ni por los platós que ahora hará seguramente, a quien Dios se la de, que San Pedro se la bendiga), sino por la lucha diaria que tuvo en su vida personal, y la que ahora tiene contra esa maldita lacra que se llama diabetes. De momento ha conseguido algo que nunca pensé que iba a hacer, que era ver durante más de 5 minutos un reality de Telecinco. Nunca olvidaré, Carmen, aquel riquísimo caldito del puchero que nos ofreciste a mi compadre Falcón y a mí, aquella noche fría en la que salíamos a las tantas de la radio, arreciítos y solitarios. Esa es la verdadera Carmen, la que espero que en la tele nunca conozcan, porque es un tesoro, generosa, valiente, humilde y rebelde, y ahora gracias a la tele me entero que también Superviviente. Y la tele mata a la gente así.
Lo dicho, hoy he visto "Supervivientes" y mi apoyo a Carmen, es precisamente por el handicap que la ha impedido participar. Y conste que lo he visto por ella.... aunque encontrarme con Lara Álvarez también ha ayudado, las cosas como son... Va por todos los auténticos SUPERVIVIENTES. Ánimo diabéticos.
"El silencio es el único amigo que jamás traiciona." CONFUCIO (551 A.C. - 478 A.C.) Filósofo Chino
17 abril 2015
05 abril 2015
SEMANA SANTA _(VIII): SÁBADO SANTO
Se abre a las seis de la tarde la puerta de la nostalgia. La que nos invade a todos los cofrades por saber que la vida de la Semana se agota. El cortejo exquisito donde todos caben para dar Santo Entierro a un Señor de Buiza, antes de que la calle quede en la más melancólica Soledad. En ese sepulcro que siempre debería haber estado (y tiene que volver YA) al refugio de la "Señá Santa Ana", no sólo cabe el cuerpo sin vida del Hombre más grande de todos los tiempos. Caben la fe y los corazones divididos de los cristianos entre la tristeza de la muerte y la alegría de la resurrección que se producirá en unas horas.
Cabe la pasión entera en forma de estandartes y varas que aportan el colorido a la jornada gris en el ánimo de nuestras vidas. Y cabe la vida de todos nosotros, la que representan la Iglesia, las Fuerzas de Seguridad y Orden Público, y el Ayuntamiento. Y cabe una nueva cuenta atrás que comienza a las doce de la noche cuando las campanas anuncien a los creyentes que la profecía se vuelve a cumplir y Cristo sigue vivo en nuestros corazones. Donde él dijo que estaba el Reino de los Cielos, en nuestro propio interior, donde radica, nace y aflora la fe.
La Soledad que nos legara Francisco Buiza no nos deja nunca estar solos, y si llegamos a estarlo con ella encontramos el consuelo de la compañía del Sábado más santo de la ciudad. Y a partir de ahí todo vuelve a fluir, que decían los griegos. Fluye la Pascua de Resurreción, fluye otro año entero de trabajo puertas adentro de las hermandades que el noventa por ciento de la ciudad no conoce. Todo empieza a limpiarse y guardarse con un rito que en realidad es volver a empezar la Semana Santa del año siguiente.
Es nuevo comienzo con apellido de fin que no lo es tanto. Las profecías se cumplieron, los pies están doloridos, y el alma entristecida pero con un halo de Esperanza. La Esperanza verde de nuestras almas que contarán 349 días hacia atrás en el calendario, mientras se viven Corpus y Novena que harán que la espera pase más deprisa. El orden de todas las cosas se mantiene como se mantiene el orden exquisito del cortejo del Santo Entierro, la hermandad joven de Carmona que desde el primer día aprendió a hacer bien las cosas y las mejoró a pesar del deshaucio de su casa.
No sólo ha resucitado el Señor, todos los cofrades lo hemos hecho, empezamos un año nuevo, una espera nueva, una vida nueva. Y si esta Semana ha servido para que muchos (incluso los no creyentes del todo) sean un poco mejores durante siete días, aquel martirio y muerte del Hombre de Nazaret ya simplemente por eso tiene sentido. Vuelve a tenerlo, y así ha sido durante dos mil años, y así será como el propio Jesús dijo a sus Apóstoles en la resurrección: "No temáis... yo siempre estaré con vosotros... hasta el fin de los tiempos."
Cabe la pasión entera en forma de estandartes y varas que aportan el colorido a la jornada gris en el ánimo de nuestras vidas. Y cabe la vida de todos nosotros, la que representan la Iglesia, las Fuerzas de Seguridad y Orden Público, y el Ayuntamiento. Y cabe una nueva cuenta atrás que comienza a las doce de la noche cuando las campanas anuncien a los creyentes que la profecía se vuelve a cumplir y Cristo sigue vivo en nuestros corazones. Donde él dijo que estaba el Reino de los Cielos, en nuestro propio interior, donde radica, nace y aflora la fe.
La Soledad que nos legara Francisco Buiza no nos deja nunca estar solos, y si llegamos a estarlo con ella encontramos el consuelo de la compañía del Sábado más santo de la ciudad. Y a partir de ahí todo vuelve a fluir, que decían los griegos. Fluye la Pascua de Resurreción, fluye otro año entero de trabajo puertas adentro de las hermandades que el noventa por ciento de la ciudad no conoce. Todo empieza a limpiarse y guardarse con un rito que en realidad es volver a empezar la Semana Santa del año siguiente.
Es nuevo comienzo con apellido de fin que no lo es tanto. Las profecías se cumplieron, los pies están doloridos, y el alma entristecida pero con un halo de Esperanza. La Esperanza verde de nuestras almas que contarán 349 días hacia atrás en el calendario, mientras se viven Corpus y Novena que harán que la espera pase más deprisa. El orden de todas las cosas se mantiene como se mantiene el orden exquisito del cortejo del Santo Entierro, la hermandad joven de Carmona que desde el primer día aprendió a hacer bien las cosas y las mejoró a pesar del deshaucio de su casa.
No sólo ha resucitado el Señor, todos los cofrades lo hemos hecho, empezamos un año nuevo, una espera nueva, una vida nueva. Y si esta Semana ha servido para que muchos (incluso los no creyentes del todo) sean un poco mejores durante siete días, aquel martirio y muerte del Hombre de Nazaret ya simplemente por eso tiene sentido. Vuelve a tenerlo, y así ha sido durante dos mil años, y así será como el propio Jesús dijo a sus Apóstoles en la resurrección: "No temáis... yo siempre estaré con vosotros... hasta el fin de los tiempos."
04 abril 2015
SEMANA SANTA (VII): VIERNES SANTO
¿Saben ustedes lo que ve se desde el silencio, detrás del silencio? Si nunca han vivido la experiencia yo se lo cuento. Se ve la extensión de la esperanza con los primeros rayos de sol de la tarde, sofocantes pero silenciosos, para que Dios por primera vez en las calles de Carmona a estas horas, cobije a los Desamparados. Se ve el rito del esparto en un gran número de casas adentro, se ve una cruz de Jerusalem y una medalla de cordón rojo sangre. Se ve el camino que según las normas "el hermano hará solo, sin hablar con nadie y por el camino más corto hasta la Iglesia".
Y en ese camino corto de la Humildad del Nazareno y la Paciencia del que esperó al Viernes de nuestras vidas, desde el silencio se ve cómo el blanco ilumina la caída de una tarde, que a pesar de ser la de un Viernes Santo y a pesar de conmemorar la muerte del Hombre más grande todos los tiempos, se torna viernes de "Dolores" en palios de cajón. Se ve el bullicio y la algarabía de quien celebra el día de fiesta con las mejores galas, y se ve la tradición del traje o la corbata negra. Se ve la visita de mañana al Monumento por San Bartolomé, mientras el Señor de Carmona aguarda su catequesis de asfalto penitente.
Detrás del silencio se ve el morado y el negro nadando a través de un mar de blancos penitentes que, por la confluencia de horas, son los primeros en recibir a los primitivos nazarenos de Carmona camino a su formación de filas. Desde el silencio se ve una iglesia a oscuras, con un rezo hacia dentro, mientras los últimos coletazos del sol intentan colarse por las vidrieras. Se ve (se oye, más bien) el cerrojo de la puerta de la fe, que abre camino a la devoción nazarena primitiva, y se ve como desde el silencio, el Silencio se va abriendo paso callando el bullicio.
Desde el silencio se solía ver una garganta con sien plateada que nos recordaba la irónica "justa sentencia que mandó hacer Poncio Pilato" y que se quedó en el más eterno silencio. Ya nada volverá a ser igual sin Paco Moya en el crepúsculo eterno de los Viernes de la Semana. Pero detrás del silencio se siguen viendo las miradas de sobrecogimiento por el orden del cuerpo de los Primitivos, mientras en la noche callada, el viento trae el sonido de los tambores que marcan el paso blanco de un señor que espera con Humildad y Paciencia a su madre de Dolores. Y se ve, créanme, porque desde el silencio, detrás del silencio, oír las cosas es una forma de verlas.
Detrás del silencio se ve una virgen de diez varales con carita de porcelana, que huele a azahar y a madre nazarena; y suena a crujido de bambalina de plata, que l recuerda que "Un puñal atravesará Su alma". Y se ven corazones penitentes que nunca abandonarán su fila, mientras se enfundan en sus pasos la exquisita puntualidad durante tres horas divinas y eternas. Se ve la tradición que a veces no está reñida con la modernidad, y unas hermanas con la advocación de la Cruz que rezan cantando al Nazareno de los nazarenos.
Se ve (se oye más bien) de nuevo el cerrojo y el camino de vuelta del hermano de nuevo "solo, sin hablar con nadie y por el camino más corto" a desvestir el alma hasta que de nuevo se vista de negro y morado, y se ve la convivencia en la que se habla de cómo ha ido todo. Detrás del silencio, del de todo el año se rememoran montajes de pasos y altares de quinario, se planea una mañana de Corpus con una Pastora celestial, y se saborean los manjares que calman el vacío del ayuno.
Usted puede ver todo eso si se fija bien. Porque es es verdad que se pueden ver cosas desde el silencio, detrás del silencio, en el silencio, porque ese "silencio" del que le hablo es con el que cualquier hermano de "Nuestro Padre" convive desde que se levanta, hasta que llega a casa, después de haber cumplido con el rito de su Estación de Penitencia... detrás de su antifaz morado... detrás del Silencio... desde el Silencio...
Y en ese camino corto de la Humildad del Nazareno y la Paciencia del que esperó al Viernes de nuestras vidas, desde el silencio se ve cómo el blanco ilumina la caída de una tarde, que a pesar de ser la de un Viernes Santo y a pesar de conmemorar la muerte del Hombre más grande todos los tiempos, se torna viernes de "Dolores" en palios de cajón. Se ve el bullicio y la algarabía de quien celebra el día de fiesta con las mejores galas, y se ve la tradición del traje o la corbata negra. Se ve la visita de mañana al Monumento por San Bartolomé, mientras el Señor de Carmona aguarda su catequesis de asfalto penitente.
Detrás del silencio se ve el morado y el negro nadando a través de un mar de blancos penitentes que, por la confluencia de horas, son los primeros en recibir a los primitivos nazarenos de Carmona camino a su formación de filas. Desde el silencio se ve una iglesia a oscuras, con un rezo hacia dentro, mientras los últimos coletazos del sol intentan colarse por las vidrieras. Se ve (se oye, más bien) el cerrojo de la puerta de la fe, que abre camino a la devoción nazarena primitiva, y se ve como desde el silencio, el Silencio se va abriendo paso callando el bullicio.
Desde el silencio se solía ver una garganta con sien plateada que nos recordaba la irónica "justa sentencia que mandó hacer Poncio Pilato" y que se quedó en el más eterno silencio. Ya nada volverá a ser igual sin Paco Moya en el crepúsculo eterno de los Viernes de la Semana. Pero detrás del silencio se siguen viendo las miradas de sobrecogimiento por el orden del cuerpo de los Primitivos, mientras en la noche callada, el viento trae el sonido de los tambores que marcan el paso blanco de un señor que espera con Humildad y Paciencia a su madre de Dolores. Y se ve, créanme, porque desde el silencio, detrás del silencio, oír las cosas es una forma de verlas.
Detrás del silencio se ve una virgen de diez varales con carita de porcelana, que huele a azahar y a madre nazarena; y suena a crujido de bambalina de plata, que l recuerda que "Un puñal atravesará Su alma". Y se ven corazones penitentes que nunca abandonarán su fila, mientras se enfundan en sus pasos la exquisita puntualidad durante tres horas divinas y eternas. Se ve la tradición que a veces no está reñida con la modernidad, y unas hermanas con la advocación de la Cruz que rezan cantando al Nazareno de los nazarenos.
Se ve (se oye más bien) de nuevo el cerrojo y el camino de vuelta del hermano de nuevo "solo, sin hablar con nadie y por el camino más corto" a desvestir el alma hasta que de nuevo se vista de negro y morado, y se ve la convivencia en la que se habla de cómo ha ido todo. Detrás del silencio, del de todo el año se rememoran montajes de pasos y altares de quinario, se planea una mañana de Corpus con una Pastora celestial, y se saborean los manjares que calman el vacío del ayuno.
Usted puede ver todo eso si se fija bien. Porque es es verdad que se pueden ver cosas desde el silencio, detrás del silencio, en el silencio, porque ese "silencio" del que le hablo es con el que cualquier hermano de "Nuestro Padre" convive desde que se levanta, hasta que llega a casa, después de haber cumplido con el rito de su Estación de Penitencia... detrás de su antifaz morado... detrás del Silencio... desde el Silencio...
03 abril 2015
SEMANA SANTA (VI): JUEVES SANTO
Hasta que no he caminado buscando el coche para volver a casa, por las callejuelas solitarias del barrio de mis sueños, no he sido consciente de todo lo que ha pasado esta noche. Ni he sido consciente de la nostálgica pero bella estampa que es precisamente el barrio de mis sueños cuando todo acaba, cuando las puertas de Santiago se cierran no para recoger la cofradía, si no para custodiar los, ahora solitarios pasos de La Columna, cuando todo el mundo se ha marchado a casa o a recordar las anécdotas de esta noche con un café por delante.
Hasta que mis pies no me han avisado que ya estaba bien la noche, no he sido consciente de cómo venía andando el Señor en la Columna, de como ha iluminado la mecida elegante de la Virgen de la Paciencia, de cómo ha sido cómplice de la dulzura y el poderío la rosa malva del Cristo, de cómo han ayudado a la grandeza de la Virgen la rosa de pitiminí y la clavellina. De los nervios previos, del calor, de las amistades recuperadas, de los besos y gestos de ánimo y los deseos de "Buena Estación". De los pensamientos en quien me ha faltado a mi lado hoy... o debajo de los pasos... o detrás del antifaz azul...
Hasta que no he respirado el aire de la quietud de la madrugada en el barrio de los kíkilis no he sido consciente de que un año más cumplía el rito que llevo cumpliendo (a veces sin poder acabarlo por la neuralgia) desde los cinco años. De que todo volvía a ser como antes, como las noches que se auguraban mágicas por Fermín Molpeceres, como aquellas en las que se subía San Marcos y se bajaba Luis de Rueda. Todo volvía a ser como antes, cuando la Virgen de la Paciencia lucía esplendorosa sobre todo aquello que la acompañaba a su paso por las calles. Todo era como cuando a Macedo se le mete un ángel en la garganta y pronuncia palabras que llenan los ojos de lágrimas, y los cuellos de sus costaleros de una fuerza insospechada para dar levantás enormes.
Todo era como cuando Matute sabía hacer que sus hombres se pusieran de rodillas dos veces, y dos veces se levantaran como si nada, con lentitud, con mimo, y Santiago rompía en aplausos. Todo era como cuando brotaban las lágrimas de emoción y satisfacción al recogerse la Columna, o como cuando se paraba en la calle del "Porrita" para un refrigerio, o como cuando Lucía no era Hermana Mayor si no miembro del Grupo Joven. Todo era como cuando lo soñaba y me vestía de acólito para portar un cirial. Todo ha sido igual, pero renovado.
To ha sido así y yo no he sido consciente, hasta que no he recorrido las solitarias calles del barrio de mis sueños. Y me doy cuenta ahora, con mis pies doloridos, y mi alma curada otro año por la felicidad que me supone sentir lo que siento por mi Hermandad de la Columna, por su gente, por todo lo que supone, y por seguir deseando la utopía de vivir un día en el barrio de mis sueños. Todo se ha resumido en el tiempo efímero que pasa entre el "esto ya está aquí" y el "otro año más, a esperar al que viene". Y hay quien espera, otros lo sentimos cada día, y eso es lo mejor, porque cuando lo sientes cada día, y te hace un Jueves Santo como el de hoy, lo vives de forma tan intensa, que no eres consciente de que es como los de antes, como los de siempre. No eres consciente, hasta que no recorres las vacías y silenciosas calles de Santiago, cuando ya todo ha pasado...
Hasta que mis pies no me han avisado que ya estaba bien la noche, no he sido consciente de cómo venía andando el Señor en la Columna, de como ha iluminado la mecida elegante de la Virgen de la Paciencia, de cómo ha sido cómplice de la dulzura y el poderío la rosa malva del Cristo, de cómo han ayudado a la grandeza de la Virgen la rosa de pitiminí y la clavellina. De los nervios previos, del calor, de las amistades recuperadas, de los besos y gestos de ánimo y los deseos de "Buena Estación". De los pensamientos en quien me ha faltado a mi lado hoy... o debajo de los pasos... o detrás del antifaz azul...
Hasta que no he respirado el aire de la quietud de la madrugada en el barrio de los kíkilis no he sido consciente de que un año más cumplía el rito que llevo cumpliendo (a veces sin poder acabarlo por la neuralgia) desde los cinco años. De que todo volvía a ser como antes, como las noches que se auguraban mágicas por Fermín Molpeceres, como aquellas en las que se subía San Marcos y se bajaba Luis de Rueda. Todo volvía a ser como antes, cuando la Virgen de la Paciencia lucía esplendorosa sobre todo aquello que la acompañaba a su paso por las calles. Todo era como cuando a Macedo se le mete un ángel en la garganta y pronuncia palabras que llenan los ojos de lágrimas, y los cuellos de sus costaleros de una fuerza insospechada para dar levantás enormes.
Todo era como cuando Matute sabía hacer que sus hombres se pusieran de rodillas dos veces, y dos veces se levantaran como si nada, con lentitud, con mimo, y Santiago rompía en aplausos. Todo era como cuando brotaban las lágrimas de emoción y satisfacción al recogerse la Columna, o como cuando se paraba en la calle del "Porrita" para un refrigerio, o como cuando Lucía no era Hermana Mayor si no miembro del Grupo Joven. Todo era como cuando lo soñaba y me vestía de acólito para portar un cirial. Todo ha sido igual, pero renovado.
To ha sido así y yo no he sido consciente, hasta que no he recorrido las solitarias calles del barrio de mis sueños. Y me doy cuenta ahora, con mis pies doloridos, y mi alma curada otro año por la felicidad que me supone sentir lo que siento por mi Hermandad de la Columna, por su gente, por todo lo que supone, y por seguir deseando la utopía de vivir un día en el barrio de mis sueños. Todo se ha resumido en el tiempo efímero que pasa entre el "esto ya está aquí" y el "otro año más, a esperar al que viene". Y hay quien espera, otros lo sentimos cada día, y eso es lo mejor, porque cuando lo sientes cada día, y te hace un Jueves Santo como el de hoy, lo vives de forma tan intensa, que no eres consciente de que es como los de antes, como los de siempre. No eres consciente, hasta que no recorres las vacías y silenciosas calles de Santiago, cuando ya todo ha pasado...
02 abril 2015
SEMANA SANTA (V): MIERCOLES SANTO
¿Alguna vez ha probado usted algo con dos sabores?¿Una pizza, un helado?¿Un simple caramelo? En los días y las noches del Miércoles de la Semana también hay dos sabores para el alma. Son los sabores del arrabal de extramuros cuando se va llegando a San Francisco. Yo no respiro bien el Miércoles Santo si no oigo tañer la campana de la Capilla a las siete en punto de la tarde. Y es entonces cuando se prueba el primer sabor del día. El sabor del recogimiento que talló la mano inolvidable de Eslava, aderezado con un Descendimiento que tiñe de negro luto y silencio todo San Francisco.
Es el sabor bendito del racheo y del cimbrear de dos escaleras que se poyan en nuestras almas. Como me dijo esta mañana Antonio Bermudo: "El mejor patrimonio de la Quinta Angustia es el que nos han ido dejando nuestros antepasados". Pero el patrimonio de sobrecogerse, de la piedad por ese Cristo que desciende de su Cruz, del silencio en el que hablan las miradas cuando pasa, también es patrimonio de los antepasados de todos nosotros. Un patrimonio que estamos obligados a legar a nuestros hijos. Y les contaremos en ese patrimonio que la tarde se hizo noche cálida, y sin viento, para que la penumbra de Tinajería y Tahona ensalzara mucho más la inmensa cofradía del Descendimiento.
El patrimonio de tantas saetas quedará en los libros de historia de nuestros oídos, el del orden de los negros nazarenos en el tratado de nuestros ojos, y el de la estampa de una noche como esta en el tomo primero de nuestros recuerdos. Y así va pasando, callado, a paso largo unas veces y racheo cortito otras, el Señor del Descendimiento, casi sin que nos demos cuenta. Dejando tanto en tan poco tiempo. Arrancándonos una señal de la cruz por respeto, una plegaria para nuestros adentros, y puede que alguna lágrima al recordar a los que ya no están, y dejando paso por sorpresa al otro sabor.
El sabor de los pequeños que escoltan a una Virgen con la palabra "Madre" en su título, porque es Señora y MADRE de las Angustias. Y como Madre ampara a todo el barrio hasta el punto de llevar bajo su manto y su peana, prendas de hermanas y hermanos que están ahora inmersos en una batalla contra la peste del siglo veintiuno. Y que están luchando por ganarla, y su forma de pedirle fuerzas a las Angustias, y su forma de estar en la Estación de Penitencia, ha sido dejando sus prendas (muchas de ellas pañuelos) bajo su amparo.
Y es el sabor de la alegría y el fervor desbordados en dos calles estrechas con nombres de talleres de oficios antiguos, donde se fabricaban las tinajas para guardar lo que nos daría de beber y donde se cocía el pan nuestro de cada día. Y no se corta quien le sale del alma y la voz un "¡Angustias, guapa!", y no cesan los aplausos y las petaladas, al tiempo que se aguanta el paso para que caigan las flores y se baila sobre los pies bajo un paso, con la banda sonora de una banda del "Arrabal". Y el sabor de la belleza de una Virgen Morena que cuesta aguantarle la mirada sin emocionarse. Sin mirar al lado y ver cómo (por poner un ejemplo tan simple como grande) un hombre hace de lazarillo a su mujer invidente.
Yo los he visto y he rezado por ellos. Porque si grande es el esfuerzo de ella intentando imaginar lo que pasa por su ojos sin poder verlo, más grande es el esfuerzo de su esposo intentando ser sus ojos. ¿Qué le contará, Angustias, que ella no pueda imaginarse cuando te oye pasar? Te he pedido que los bendigas a ambos, por favor, atiende mi ruego.
Y tengo aun el regusto del sabor del "cangrejeo" por Tinajería mientras vi todo aquello, que todavía me queda en el paladar. Saboreo aún la marea de gente queriendo a las Angustias, siendo o no del barrio, mirándola andando hacia atrás, llorando de emoción porque saben que se acaba, y por el patio de la Capilla de San Francisco ilumina la luna del Jueves más Santo de todos los Jueves. Y tañe otra vez la campana y ahora haciendo acopio de tantas emociones, me queda el dolor en el corazón porque no habrá otro Miércoles Santo como el de hoy. Los habrá mejores, puede, o peores, Dios no lo quiera, pero no como éste. Porque en San Francisco los Miércoles eternos de nuestras vidas son siempre diferentes cada año, y encima, colman los sentidos ofreciendo dos sensaciones tan dispares y que tan bien se complementan. Dos sentimientos, dos sabores: El Descendimiento y las Angustias. El Hijo y La Madre.
Para la noche que antecede a los días grandes de la Semana, no creo que se pueda pedir más. Que Dios bendiga a San Francisco, a la Quinta Angustia, y a todos sus hermanos y a los que como yo, queremos a esta Hermandad desde muy pequeñitos, aunque no figuremos en su nómina.
Es el sabor bendito del racheo y del cimbrear de dos escaleras que se poyan en nuestras almas. Como me dijo esta mañana Antonio Bermudo: "El mejor patrimonio de la Quinta Angustia es el que nos han ido dejando nuestros antepasados". Pero el patrimonio de sobrecogerse, de la piedad por ese Cristo que desciende de su Cruz, del silencio en el que hablan las miradas cuando pasa, también es patrimonio de los antepasados de todos nosotros. Un patrimonio que estamos obligados a legar a nuestros hijos. Y les contaremos en ese patrimonio que la tarde se hizo noche cálida, y sin viento, para que la penumbra de Tinajería y Tahona ensalzara mucho más la inmensa cofradía del Descendimiento.
El patrimonio de tantas saetas quedará en los libros de historia de nuestros oídos, el del orden de los negros nazarenos en el tratado de nuestros ojos, y el de la estampa de una noche como esta en el tomo primero de nuestros recuerdos. Y así va pasando, callado, a paso largo unas veces y racheo cortito otras, el Señor del Descendimiento, casi sin que nos demos cuenta. Dejando tanto en tan poco tiempo. Arrancándonos una señal de la cruz por respeto, una plegaria para nuestros adentros, y puede que alguna lágrima al recordar a los que ya no están, y dejando paso por sorpresa al otro sabor.
El sabor de los pequeños que escoltan a una Virgen con la palabra "Madre" en su título, porque es Señora y MADRE de las Angustias. Y como Madre ampara a todo el barrio hasta el punto de llevar bajo su manto y su peana, prendas de hermanas y hermanos que están ahora inmersos en una batalla contra la peste del siglo veintiuno. Y que están luchando por ganarla, y su forma de pedirle fuerzas a las Angustias, y su forma de estar en la Estación de Penitencia, ha sido dejando sus prendas (muchas de ellas pañuelos) bajo su amparo.
Y es el sabor de la alegría y el fervor desbordados en dos calles estrechas con nombres de talleres de oficios antiguos, donde se fabricaban las tinajas para guardar lo que nos daría de beber y donde se cocía el pan nuestro de cada día. Y no se corta quien le sale del alma y la voz un "¡Angustias, guapa!", y no cesan los aplausos y las petaladas, al tiempo que se aguanta el paso para que caigan las flores y se baila sobre los pies bajo un paso, con la banda sonora de una banda del "Arrabal". Y el sabor de la belleza de una Virgen Morena que cuesta aguantarle la mirada sin emocionarse. Sin mirar al lado y ver cómo (por poner un ejemplo tan simple como grande) un hombre hace de lazarillo a su mujer invidente.
Yo los he visto y he rezado por ellos. Porque si grande es el esfuerzo de ella intentando imaginar lo que pasa por su ojos sin poder verlo, más grande es el esfuerzo de su esposo intentando ser sus ojos. ¿Qué le contará, Angustias, que ella no pueda imaginarse cuando te oye pasar? Te he pedido que los bendigas a ambos, por favor, atiende mi ruego.
Y tengo aun el regusto del sabor del "cangrejeo" por Tinajería mientras vi todo aquello, que todavía me queda en el paladar. Saboreo aún la marea de gente queriendo a las Angustias, siendo o no del barrio, mirándola andando hacia atrás, llorando de emoción porque saben que se acaba, y por el patio de la Capilla de San Francisco ilumina la luna del Jueves más Santo de todos los Jueves. Y tañe otra vez la campana y ahora haciendo acopio de tantas emociones, me queda el dolor en el corazón porque no habrá otro Miércoles Santo como el de hoy. Los habrá mejores, puede, o peores, Dios no lo quiera, pero no como éste. Porque en San Francisco los Miércoles eternos de nuestras vidas son siempre diferentes cada año, y encima, colman los sentidos ofreciendo dos sensaciones tan dispares y que tan bien se complementan. Dos sentimientos, dos sabores: El Descendimiento y las Angustias. El Hijo y La Madre.
Para la noche que antecede a los días grandes de la Semana, no creo que se pueda pedir más. Que Dios bendiga a San Francisco, a la Quinta Angustia, y a todos sus hermanos y a los que como yo, queremos a esta Hermandad desde muy pequeñitos, aunque no figuremos en su nómina.
01 abril 2015
SEMANA SANTA (IV): MARTES SANTO
¿Quién ha dicho que no se puede controlar el tiempo? Quien lo dijera me causa compasión, porque no ha vivido en su pellejo el Martes de la Semana en la Judería. Porque el tiempo se para en la Judería. Todo se magnifica en la Judería. Y en la Judería, resulta que también se juega con el espacio, porque se vuelve Judería media ciudad, concretamente desde la Plazuela de San Blas, hasta la Prioral de Santa María, pasando por la muralla que guardó como un tesoro el corazón de milenios de historia grande y heroica. Hoy parecía que el Señor de la Expiración miraba al sol ordenándole que tuviera compasión de su cortejo (en que van muchos niños), en lugar de expirando.
¿Y sabe usted lo que ocurre cuando pasa San Blas? ¿Lo ve? Porque yo veo cosas que puede que pasen desapercibidas. Veo un río de capirotes rojos y túnicas blancas que se funden con la cal de las paredes, formando un "todo" de dimensiones inalcanzables. Veo las caras de la gente del barrio y de los que no son del barrio, con los ojos encharcados de emoción sólo por oír cómo se habla debajo del Señor de la Expiración y debajo de la Virgen de los Dolores. Veo que en su salida y su recogida, el bullicio de los nazarenos se torna una contención unánime de la respiración, hasta que los Primeros Vecinos del barrio salgan a la calle.
¡Y cómo salen, oiga! Cristo empuja a Dimas y Gestas, porque sabe que es un trámite de medio minuto que lleva a cabo el esfuerzo de cuarenta corazones. Y la Virgen ni se entera, parece que ni siquiera anda sobre treinta cuellos, sus varales se mueven tan poco, que se me antoja que más que salir, simplemente aparece en la Plazuela. Y una vez en la calle es lo que yo decía: Carmona se vuelve judería desde el Raso "p'arriba". Y como el propio señor de la Expiración dice en ese último halo de vida: "Todo está consumado". Y sigo viendo cosas. Sigo viendo medallas al cuello de quien no está en la procesión y luce con orgullo sus sentimientos.
Y veo lágrimas, y ganas de aplaudir desde que sube por Barbacana. Y los aplausos se desgranan como las hojitas de las tantas petaladas que le caen desde que la Judería vuelve a la Judería en el Martes eterno de nuestras vidas. Y se vuelve a magnificar todo. Tanto que los vecinos del barrio se multiplican por miles, porque el barrio se inunda de gente del barrio que no está en el catastro registrada en el barrio, pero se siente del barrio. Y el barrio los acoge y les abre sus puertas, como hacen los vecinos del barrio durante todo el año.
Igual por eso es verdad que se para el tiempo. Igual es verdad que por eso San Blas es la cuna del repeluco y la algarabía cuando llegan su Cristo y Su Virgen. Por eso hasta los Dolores se tornan Expiraciones de nuestras almas rendidas ante el poderío de la sencillez y la bondad del Hijo que es de Dios (y de Eslava) y de Su Madre. Y todas las flores de los balcones quieren ser de cera para ir cerca de la Virgen, y todas las gargantas quisieran saber cantar saetas para el Señor. Y se quedan muy cortas las palabras que uno pueda decir cuando oye otras palabras en la Judería.
¿Qué quieren que les diga, si gracias a mi abuela y mi madre, un poquito de San Blas me corre por las venas? ¿Qué le hago yo si me pongo a intentar contar un Martes Santo y sólo me salen emociones y no crónicas periodísticas (ni quiero que salgan)? No puedo hacer otra cosa que respirar hondo para expirar una plegaria cuando pasa Él, y dar un beso de los que causan Dolores en los labios cuando pasa Ella. Y aguantar el nudo en la garganta y las lágrimas en mis ojos cuando lo cuento por un micro, y cuando veo San Blas en alguna esquina oculto entre la gente y pienso en tantos que querrían tener mis ojos para estar viendo lo que yo. ¿Se puede causar más grandeza que esa?
Y ya en la plazuela, ver a la Expiración duele. Duele porque "Todo esta consumado". Otra vez. Se consuma el Martes Santo en los naranjos, que ya van floreciendo el azahar de la madrugada del Miércoles de Angustias. Por eso se recogen sin prisa, porque el barrio quiere tanto al Señor de la Expiración y a la Virgen de los Dolores, que tienen el capricho de retenerlos, de relentizarlo todo, de volver a pararlo todo porque hasta dentro de un año no vuelven a verlos pasear. Y en la Expiración saben que en la plazuela no mandan ellos, manda el barrio, y por eso obedecen y aguantan un poquito más el esfuerzo. Porque pide el barrio, siente el barrio, ordena el barrio y ante eso no queda otra que claudicar.
Pues ya está, para qué más palabras. Si es que esto es la Judería, eso es San Blas, y ese es el Martes Santo eterno en nuestros corazones por los siglos de los siglos. Qué pena me sigue dando aquel que dijo, que no se podía detener el tiempo, porque estoy seguro que nunca, nunca, nunca, vivió un Martes Santo en Carmona, mientras por cualquier calle, rincón o plaza, pasaba la Expiración, desbordaba San Blas, inundaba la Judería, los recovecos de la mente y el corazón, que hacen que se detenga el tiempo.
¿Y sabe usted lo que ocurre cuando pasa San Blas? ¿Lo ve? Porque yo veo cosas que puede que pasen desapercibidas. Veo un río de capirotes rojos y túnicas blancas que se funden con la cal de las paredes, formando un "todo" de dimensiones inalcanzables. Veo las caras de la gente del barrio y de los que no son del barrio, con los ojos encharcados de emoción sólo por oír cómo se habla debajo del Señor de la Expiración y debajo de la Virgen de los Dolores. Veo que en su salida y su recogida, el bullicio de los nazarenos se torna una contención unánime de la respiración, hasta que los Primeros Vecinos del barrio salgan a la calle.
¡Y cómo salen, oiga! Cristo empuja a Dimas y Gestas, porque sabe que es un trámite de medio minuto que lleva a cabo el esfuerzo de cuarenta corazones. Y la Virgen ni se entera, parece que ni siquiera anda sobre treinta cuellos, sus varales se mueven tan poco, que se me antoja que más que salir, simplemente aparece en la Plazuela. Y una vez en la calle es lo que yo decía: Carmona se vuelve judería desde el Raso "p'arriba". Y como el propio señor de la Expiración dice en ese último halo de vida: "Todo está consumado". Y sigo viendo cosas. Sigo viendo medallas al cuello de quien no está en la procesión y luce con orgullo sus sentimientos.
Y veo lágrimas, y ganas de aplaudir desde que sube por Barbacana. Y los aplausos se desgranan como las hojitas de las tantas petaladas que le caen desde que la Judería vuelve a la Judería en el Martes eterno de nuestras vidas. Y se vuelve a magnificar todo. Tanto que los vecinos del barrio se multiplican por miles, porque el barrio se inunda de gente del barrio que no está en el catastro registrada en el barrio, pero se siente del barrio. Y el barrio los acoge y les abre sus puertas, como hacen los vecinos del barrio durante todo el año.
Igual por eso es verdad que se para el tiempo. Igual es verdad que por eso San Blas es la cuna del repeluco y la algarabía cuando llegan su Cristo y Su Virgen. Por eso hasta los Dolores se tornan Expiraciones de nuestras almas rendidas ante el poderío de la sencillez y la bondad del Hijo que es de Dios (y de Eslava) y de Su Madre. Y todas las flores de los balcones quieren ser de cera para ir cerca de la Virgen, y todas las gargantas quisieran saber cantar saetas para el Señor. Y se quedan muy cortas las palabras que uno pueda decir cuando oye otras palabras en la Judería.
¿Qué quieren que les diga, si gracias a mi abuela y mi madre, un poquito de San Blas me corre por las venas? ¿Qué le hago yo si me pongo a intentar contar un Martes Santo y sólo me salen emociones y no crónicas periodísticas (ni quiero que salgan)? No puedo hacer otra cosa que respirar hondo para expirar una plegaria cuando pasa Él, y dar un beso de los que causan Dolores en los labios cuando pasa Ella. Y aguantar el nudo en la garganta y las lágrimas en mis ojos cuando lo cuento por un micro, y cuando veo San Blas en alguna esquina oculto entre la gente y pienso en tantos que querrían tener mis ojos para estar viendo lo que yo. ¿Se puede causar más grandeza que esa?
Y ya en la plazuela, ver a la Expiración duele. Duele porque "Todo esta consumado". Otra vez. Se consuma el Martes Santo en los naranjos, que ya van floreciendo el azahar de la madrugada del Miércoles de Angustias. Por eso se recogen sin prisa, porque el barrio quiere tanto al Señor de la Expiración y a la Virgen de los Dolores, que tienen el capricho de retenerlos, de relentizarlo todo, de volver a pararlo todo porque hasta dentro de un año no vuelven a verlos pasear. Y en la Expiración saben que en la plazuela no mandan ellos, manda el barrio, y por eso obedecen y aguantan un poquito más el esfuerzo. Porque pide el barrio, siente el barrio, ordena el barrio y ante eso no queda otra que claudicar.
Pues ya está, para qué más palabras. Si es que esto es la Judería, eso es San Blas, y ese es el Martes Santo eterno en nuestros corazones por los siglos de los siglos. Qué pena me sigue dando aquel que dijo, que no se podía detener el tiempo, porque estoy seguro que nunca, nunca, nunca, vivió un Martes Santo en Carmona, mientras por cualquier calle, rincón o plaza, pasaba la Expiración, desbordaba San Blas, inundaba la Judería, los recovecos de la mente y el corazón, que hacen que se detenga el tiempo.
31 marzo 2015
SEMANA SANTA (III): LUNES SANTO
Una vez me dijeron que Carmona está llena de cuestas. Y es cierto, está tan llena de cuestas como la vida misma, y tan llena como los andares de la Amargura en Lunes Santo. Cuestas arriba de la Fe donde el Mayor Dolor se alivia Hermanas de la Cruz arriba. Otra vez el astro rey ha confirmado su abono al palco del cielo durante la Semana Santa, y otra vez nos ha querido regalar Dios la estampa maravillosa de una candelería que crea un aura de luz anaranjada, que acaricia el bellísimo rostro de la Virgen de ojos inmensos que vive en San Felipe.
Y más cuestas, la que se baja humilde por La Fuente y sube esplendorosa y lenta por Joaquín Costa. ¿Es devoción?¿Es espectáculo? Es el espectáculo de la devoción por la Santa Silueta más reconocible de todos los Lunes, con la banda sonora del redoble macareno. Es la búsqueda del sitio imposible, del agarre a cualquier punto alto donde poder ver la cuesta de nuestros amores por San Felipe. Es la mirada cómplice con la risa que se intuye tras los agujeros del antifaz de una nazarena que te regala la más dulce Amargura en una estampa. Es un barrio que dicen que no tiene apenas barrio, pero que se extiende un Lunes al año hasta el Real.
Los ojos de la Virgen del Mayor Dolor destellaban el reflejo de su candelería derretida, el torso recién restaurado del Señor de la Amargura reflejaba el de los hachones encendidos de su paso gótico. No hay mejor refresco para el sudor de los hombres de Fernando Fernández y de Ángel Lara que buscar esos reflejos cuando salen de poner sus cuellos para que anden Jesús y María. Y el agua fresca sabe mejor cuando perfuma el aire el incienso de mi amigo Rafael, que déjense de historias, ese sí que sabe de inciensos. No hay mejor alivio para el Santísimo Cristo de San Felipe, que sus otros titulares vayan a visitarlo a San Bartolomé, donde se hospeda.
Y la última cuesta, la más larga, la que se sube lenta porque se intuye dentro de la Cofradía de San Felipe, que cuando se culmine se cierran las puertas del Lunes, y se saluda a la madrugada del Martes de Judería. Y en esa cuesta van lágrimas, y "óles" por las levantás, y van saetas, y van revirás interminables, y van dolores de pies y cinturas apretadas por un cinturón de esparto. Y van pensamientos por los que se fueron, y van la nostalgia por saber que se termina y el deseo a la vez de querer llegar para cumplir un año más con el rito. En esa cuesta van mis recuerdos de cuando le hablé a la Virgen del Mayor Dolor en su 250 aniversario, y van mis recuerdos de años entre los que se encontrarán siempre los sonidos de los crujidos de la madera de la parihuela del Señor de la Amargura, y los de los caireles de las bambalinas de la Virgen de los ojos inmensos.
Otra vez San Felipe colmó el Lunes del tiempo. Otra vez me han sacado lágrimas con un micro por delante, yo no sé como lo hacen, pero quiero vivir estos momentos, repetirlos, eternamente, hasta que las fuerzas y los sentidos me lo permitan. Comienza ahora el tiempo de espera en la Amargura, o la amargura del tiempo de la espera, pero tras noches como la de hoy, creedme hermanos de San Felipe que la espera pasa pronto, muy pronto, porque a mí me parece que fue ayer cuando le hablé a vuestra Virgen en su cumpleaños. Ahora queda disfrutar con los recuerdos, y vivir lo que queda de la Semana de nuestras vidas, donde un barrio de cal, se vuelve magia, y en nuestras retinas, seguirá siendo Lunes Santo.
Y más cuestas, la que se baja humilde por La Fuente y sube esplendorosa y lenta por Joaquín Costa. ¿Es devoción?¿Es espectáculo? Es el espectáculo de la devoción por la Santa Silueta más reconocible de todos los Lunes, con la banda sonora del redoble macareno. Es la búsqueda del sitio imposible, del agarre a cualquier punto alto donde poder ver la cuesta de nuestros amores por San Felipe. Es la mirada cómplice con la risa que se intuye tras los agujeros del antifaz de una nazarena que te regala la más dulce Amargura en una estampa. Es un barrio que dicen que no tiene apenas barrio, pero que se extiende un Lunes al año hasta el Real.
Los ojos de la Virgen del Mayor Dolor destellaban el reflejo de su candelería derretida, el torso recién restaurado del Señor de la Amargura reflejaba el de los hachones encendidos de su paso gótico. No hay mejor refresco para el sudor de los hombres de Fernando Fernández y de Ángel Lara que buscar esos reflejos cuando salen de poner sus cuellos para que anden Jesús y María. Y el agua fresca sabe mejor cuando perfuma el aire el incienso de mi amigo Rafael, que déjense de historias, ese sí que sabe de inciensos. No hay mejor alivio para el Santísimo Cristo de San Felipe, que sus otros titulares vayan a visitarlo a San Bartolomé, donde se hospeda.
Y la última cuesta, la más larga, la que se sube lenta porque se intuye dentro de la Cofradía de San Felipe, que cuando se culmine se cierran las puertas del Lunes, y se saluda a la madrugada del Martes de Judería. Y en esa cuesta van lágrimas, y "óles" por las levantás, y van saetas, y van revirás interminables, y van dolores de pies y cinturas apretadas por un cinturón de esparto. Y van pensamientos por los que se fueron, y van la nostalgia por saber que se termina y el deseo a la vez de querer llegar para cumplir un año más con el rito. En esa cuesta van mis recuerdos de cuando le hablé a la Virgen del Mayor Dolor en su 250 aniversario, y van mis recuerdos de años entre los que se encontrarán siempre los sonidos de los crujidos de la madera de la parihuela del Señor de la Amargura, y los de los caireles de las bambalinas de la Virgen de los ojos inmensos.
Otra vez San Felipe colmó el Lunes del tiempo. Otra vez me han sacado lágrimas con un micro por delante, yo no sé como lo hacen, pero quiero vivir estos momentos, repetirlos, eternamente, hasta que las fuerzas y los sentidos me lo permitan. Comienza ahora el tiempo de espera en la Amargura, o la amargura del tiempo de la espera, pero tras noches como la de hoy, creedme hermanos de San Felipe que la espera pasa pronto, muy pronto, porque a mí me parece que fue ayer cuando le hablé a vuestra Virgen en su cumpleaños. Ahora queda disfrutar con los recuerdos, y vivir lo que queda de la Semana de nuestras vidas, donde un barrio de cal, se vuelve magia, y en nuestras retinas, seguirá siendo Lunes Santo.
30 marzo 2015
SEMANA SANTA (II): DOMINGO DE RAMOS.
Dicen que al séptimo día Dios descansó de la creación. Por eso se entiende el Domingo como día de asueto, de descanso y de festividad. Pero el Domingo de Ramos en el Salvador no se descansa, todo lo contrario. Se trabaja bajo las trabajaderas del Señor de la Coronación de Espinas y de las de María Santísima de la Esperanza. Es el día en el que la contradicción de "Trabajar" en un día de descanso se torna en fiesta. En la primera chicotá del "Coronación" ya hay fiesta, y hay fervor y hay lucimiento en un paso que parece que de verdad hace andar a Cristo. Y hay fiesta en la dulce mecida del palio de la Esperanza más esperada.
Anoche volvió a repetirse la historia más bella de todos los domingos. Ni el calor pudo con la fé del terciopelo morado o verde. La brisa se sumó al alivio de los cuerpos para juguetear con las capas nazarenas y hacer que la cera se quemara mucho más deprisa. Los pétalos acariciaron las bambalinas del barrio. Juanlu y su equipo, Miguel Ánge y el suyo, pusieron el frescor de las voces de mando en los cuellos, y el resto solo tuvo que dejarse que fuera pasando según se sabe. El Ecce Homo y la Esperanza según El Salvador, según Carmona.
Y la emoción de tantos que esperaban cambiar el Domingo de descanso por el de Ramos, desbordaba en aplausos y en lágrimas, mirando al Señor y a la Virgen porque para lo único que había que mirar al cielo era para taparse el sol. Maravilla del Domingo de Ramos, en la maravilla de ciudad que asombró a Julio César. La Jerusalem convertida en casco antiguo con sangre carmonense. La nostalgia que empieza a llegar cuando se recoge "la primera" en la media noche que cierra la puerta del Salvador y abre la del Lunes Santo.
Sólo hubiera faltado ante tanta maravilla, que en los días previos, mucha gente hubiera hecho recordatorio de cómo se debe salir a ver cofradías, de educarse para no molestar a los demás que quieren ver la procesión tranquilos, y de saber dónde se está y lo que se está viendo. Pero la falta de educación es un problema que no corresponde solucionar a las Hermandades, eso está en cada casa, y se transmite de generación en generación. Qué le vamos a hacer. Yo me quedo con el recuerdo del Cristo de la Coronación de Espinas avanzando imponente, y de su Madre de Esperanza llegando dulce y suave en las retinas de este Domingo de Ramos, que no de descanso, de este Domingo de Fiesta, de este Domingo de la Semana de las Semanas, del Domingo del Tiempo.
Enhorabuena todos los hermanos de La Esperanza, y las gracias por llenar de Pasión otro año más el inicio de la Semana Santa carmonense. En sus corazones comienza de nuevo el otro tiempo, el de la espera, el de un año cargado de trabajo, hasta que llegue de nuevo el Domingo en el que no se descansa: nuestro eterno, Esperanzador y Coronado DOMINGO DE RAMOS.
Anoche volvió a repetirse la historia más bella de todos los domingos. Ni el calor pudo con la fé del terciopelo morado o verde. La brisa se sumó al alivio de los cuerpos para juguetear con las capas nazarenas y hacer que la cera se quemara mucho más deprisa. Los pétalos acariciaron las bambalinas del barrio. Juanlu y su equipo, Miguel Ánge y el suyo, pusieron el frescor de las voces de mando en los cuellos, y el resto solo tuvo que dejarse que fuera pasando según se sabe. El Ecce Homo y la Esperanza según El Salvador, según Carmona.
Y la emoción de tantos que esperaban cambiar el Domingo de descanso por el de Ramos, desbordaba en aplausos y en lágrimas, mirando al Señor y a la Virgen porque para lo único que había que mirar al cielo era para taparse el sol. Maravilla del Domingo de Ramos, en la maravilla de ciudad que asombró a Julio César. La Jerusalem convertida en casco antiguo con sangre carmonense. La nostalgia que empieza a llegar cuando se recoge "la primera" en la media noche que cierra la puerta del Salvador y abre la del Lunes Santo.
Sólo hubiera faltado ante tanta maravilla, que en los días previos, mucha gente hubiera hecho recordatorio de cómo se debe salir a ver cofradías, de educarse para no molestar a los demás que quieren ver la procesión tranquilos, y de saber dónde se está y lo que se está viendo. Pero la falta de educación es un problema que no corresponde solucionar a las Hermandades, eso está en cada casa, y se transmite de generación en generación. Qué le vamos a hacer. Yo me quedo con el recuerdo del Cristo de la Coronación de Espinas avanzando imponente, y de su Madre de Esperanza llegando dulce y suave en las retinas de este Domingo de Ramos, que no de descanso, de este Domingo de Fiesta, de este Domingo de la Semana de las Semanas, del Domingo del Tiempo.
Enhorabuena todos los hermanos de La Esperanza, y las gracias por llenar de Pasión otro año más el inicio de la Semana Santa carmonense. En sus corazones comienza de nuevo el otro tiempo, el de la espera, el de un año cargado de trabajo, hasta que llegue de nuevo el Domingo en el que no se descansa: nuestro eterno, Esperanzador y Coronado DOMINGO DE RAMOS.
28 marzo 2015
SEMANA SANTA 2015: HA LLEGADO EL TIEMPO.
Ha llegado el TIEMPO con mayúsculas. La Semana de la vida. Ha llegado el tiempo y llega a tiempo, y con buen tiempo. En unas horas ya será Domingo de Ramos... y hará calor, pero no sólo meteorológico. Habrá calor de ilusiones encendidas en sonrisas, y calor de nervios en los sudores de preparativos de última hora. Habrá calor humano de tapas y cafés, y calor en el asfalto de gotas de cera recién caídas. Habrá calor debajo de los pasos del esfuerzo de los cuellos que hacen andar a Dios, y de las voces que lo guían por Carmona.
Ha llegado el tiempo de espartos ceñidos y capas al vuelo, de buscar la mirada detrás del antifaz, de "En brazos de Dios" y "Soleá, dame la mano" en los oídos. De la torrija y la leche frita, del bacalao con tomate y las espinacas autóctonas de aquí. Del repeluco en los oídos y en el corazón, de la primera penitencia y chicotá de muchas vidas, y de las últimas, como ayer la de Francisco Ojeda "Taco". Espero que disfrutara al frente de su Virgen de los Dolores Servita, y que siga tan atento, considerado, caballero y señor con respecto al trabajo de Televisión Carmona cuando está retransmitiendo las cofradías en la Carrera Oficial. Es una pena que no pueda retransmitirse en directo el Viernes de Dolores y que él no pueda, o no quiera, hablar cuando está al frente del Santo Entierro, me quedé sin poder entrevistarle.
Estamos inmersos en el Tiempo en el que los días se cuentan con apellido "Santo", en los que menos, por extraño que parezca, se vive la Hermandad, que tiene su más intensa vida en los cuarenta días previos, y su vida más cotidiana el resto del año. El tiempo en el que la Coronación de nuestro querer, quitará la Amargura de Expirar nuestras Angustias. En el que la Columna de nuestros sentimientos de Humildad y Paciencia, nos mantendrá en Silencio ante la Soledad. En el que los pies y las cinturas sentirán el dolor de las horas que persiguen los sueños, en el que se olvida enseñar a las generaciones futuras el verdadero sentido y respeto de la Semana Santa.
Pregúntenle a un grupo de jóvenes a salto de mata, cómo hay que comportarse ante el paso de nuestras distintas Hermandades. Hay muchos (ojalá me equivoque) que no sabrán responder. Y si saben responder les dirán que ante una cofradía de Silencio hay que callarse, que jamás hay que cruzarse por medio de un cuerpo de nazarenos sea de la hermandad que sea, que hay que hacer la señal de la Cruz cuando Cristo o Su Madre pasan por delante, que el Domingo de Ramos o el Viernes Santo no son días para emborracharse y luego ir a ver cofradías... Si lo saben, lo responderán, y si les preguntan si lo hacen, muchos admitirán que lo hacen todo, otros lo negarán sabiendo que lo hacen, y un mínimo porcentaje lo negará siendo sincero.
El Tiempo que llega engloba, por desgracia muchos otros Tiempos y formas, muchas otras "Semanas Santas" que nada tienen que ver con la verdadera. Y otras que tienen mucho que ver. El tiempo que viene, en contradicción con la falta de respeto antes mencionada, es el de muchas almas que querrían estar viendo la Semana de las Semanas, o participando en nuestras procesiones, y no podrán. Ahí es donde yo tengo mi Tiempo haciéndoselo llegar con mi voz, y las imágenes de mis compañeros de la Televisión. Ha llegado el Tiempo. Mi "penitencia" particular, la de todo mi equipo de TV Carmona dura siete días, y un año más espero cumplirla con la satisfacción del trabajo en el que se pone todo el cariño del mundo.
Nazarenos, Capataces, Costaleros, Miembros de Junta de las Hermandades, Músicos del "Arrabal" y de "Virgen de Gracia", cofrades, amigos... Vivamos estos días con la ilusión de los que están, y el recuerdo de los que se fueron y siempre estarán, con el orgullo de manifestar la fe que nos llena la vida, la Semana de Nuestras vidas... porque ahora sí. Ya sí... se acabó la espera.... HA LLEGADO EL TIEMPO.
Ha llegado el tiempo de espartos ceñidos y capas al vuelo, de buscar la mirada detrás del antifaz, de "En brazos de Dios" y "Soleá, dame la mano" en los oídos. De la torrija y la leche frita, del bacalao con tomate y las espinacas autóctonas de aquí. Del repeluco en los oídos y en el corazón, de la primera penitencia y chicotá de muchas vidas, y de las últimas, como ayer la de Francisco Ojeda "Taco". Espero que disfrutara al frente de su Virgen de los Dolores Servita, y que siga tan atento, considerado, caballero y señor con respecto al trabajo de Televisión Carmona cuando está retransmitiendo las cofradías en la Carrera Oficial. Es una pena que no pueda retransmitirse en directo el Viernes de Dolores y que él no pueda, o no quiera, hablar cuando está al frente del Santo Entierro, me quedé sin poder entrevistarle.
Estamos inmersos en el Tiempo en el que los días se cuentan con apellido "Santo", en los que menos, por extraño que parezca, se vive la Hermandad, que tiene su más intensa vida en los cuarenta días previos, y su vida más cotidiana el resto del año. El tiempo en el que la Coronación de nuestro querer, quitará la Amargura de Expirar nuestras Angustias. En el que la Columna de nuestros sentimientos de Humildad y Paciencia, nos mantendrá en Silencio ante la Soledad. En el que los pies y las cinturas sentirán el dolor de las horas que persiguen los sueños, en el que se olvida enseñar a las generaciones futuras el verdadero sentido y respeto de la Semana Santa.
Pregúntenle a un grupo de jóvenes a salto de mata, cómo hay que comportarse ante el paso de nuestras distintas Hermandades. Hay muchos (ojalá me equivoque) que no sabrán responder. Y si saben responder les dirán que ante una cofradía de Silencio hay que callarse, que jamás hay que cruzarse por medio de un cuerpo de nazarenos sea de la hermandad que sea, que hay que hacer la señal de la Cruz cuando Cristo o Su Madre pasan por delante, que el Domingo de Ramos o el Viernes Santo no son días para emborracharse y luego ir a ver cofradías... Si lo saben, lo responderán, y si les preguntan si lo hacen, muchos admitirán que lo hacen todo, otros lo negarán sabiendo que lo hacen, y un mínimo porcentaje lo negará siendo sincero.
El Tiempo que llega engloba, por desgracia muchos otros Tiempos y formas, muchas otras "Semanas Santas" que nada tienen que ver con la verdadera. Y otras que tienen mucho que ver. El tiempo que viene, en contradicción con la falta de respeto antes mencionada, es el de muchas almas que querrían estar viendo la Semana de las Semanas, o participando en nuestras procesiones, y no podrán. Ahí es donde yo tengo mi Tiempo haciéndoselo llegar con mi voz, y las imágenes de mis compañeros de la Televisión. Ha llegado el Tiempo. Mi "penitencia" particular, la de todo mi equipo de TV Carmona dura siete días, y un año más espero cumplirla con la satisfacción del trabajo en el que se pone todo el cariño del mundo.
Nazarenos, Capataces, Costaleros, Miembros de Junta de las Hermandades, Músicos del "Arrabal" y de "Virgen de Gracia", cofrades, amigos... Vivamos estos días con la ilusión de los que están, y el recuerdo de los que se fueron y siempre estarán, con el orgullo de manifestar la fe que nos llena la vida, la Semana de Nuestras vidas... porque ahora sí. Ya sí... se acabó la espera.... HA LLEGADO EL TIEMPO.
23 marzo 2015
CUARESMA (XV): "A SOLAS CON ÉL"
No sabía si contar esto o no, pero hay veces que uno vive situaciones y sensaciones dignas de compartir, simplemente porque son hechos que te reconcilian con la humanidad, con tu propia persona y con cosas que van más allá de las creencias. Os pongo en situación:
Este domingo por segunda jornada consecutiva, la Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno estaba expuesta en besapiés, y a la vez, se celebraba el Pregón de la Semana Santa de Carmona, que maravillosamente ha declamado otro hermano de mi Hermandad del Silencio, Francisco García Ba. El caso es que precisamente por este motivo y por otras incompatibilidades, los miembros de la Junta del Silencio quedaban en cuadro a la hora de poder asistir al pregón y tener gente para hacer turno de ayuda en el besapiés.
Como yo por causas que no vienen a cuento, no tenía retransmisión deportiva, me ofrecí, antes de que los miembros de la Junta tuvieran que hacer cuentas para ver quién podía quedarse hasta la hora de cierre del besapiés, a quedarme yo junto a Nuestro Padre, a solas con él, para la vigilancia del acto y ayuda de las personas que lo necesitaran para cumplir este devoto acto para con el Señor de Carmona.
Como dato adicional, cumplí con mi promesa de estar a la hora elegida, después de haber descansado nada y menos por el bautizo el día anterior de la hija de mi casi hermano, Rocío, a la que quiero ya como mi nueva sobrina. Con el sueño a cuestas me duché, me vestí, y me presenté en San Bartolomé, para recibir las instrucciones de llaves, luces, etc para que a la hora fijada, cerrara la iglesia.
Había misa a la hora del besapiés, y cuando ésta terminó, una gran fila de gente se acercaba a besar los pies de Nuestro Padre. La situación era la siguiente: La figura de Nuestro Padre Jesús Nazareno en el centro de la capilla, yo a solas con él, blandiendo el pañuelo para limpiar su pie tras cada beso, y eso precisamente: besos, y besos, y más besos.
Yo ya había compartido momentos del besapiés con mis amigos de la Junta del Silencio pero nunca había estado como responsable de todo, y sobre todo nunca había tenido momentos en los que la Iglesia se vaciaba por completo y quedábamos a solas Él y yo... Puse incienso en la pastilla candente, lo perfumé, lo miré, lo mimé y lo vigilé con todo el cariño que podía. Pasaban personas conocidas, daban su limosna, me pedían una estampa que daba siempre con una sonrisa en la cara... Algunos pequeños llevados por sus padres, dudaban ante lo que impone Nuestro Padre y les convencía con el simpático "soborno" de darles una estampita si besaban su pié. Lo hacían y se iban ilusionados y orgullosos con su estampa.
Pero lo que quiero contar viene ahora. Es difícil, muy difícil intentar mantener la compostura en ciertas ocasiones, querer salir corriendo y no poder porque nadie puede relevarte, y a mí me ha pasado esta mañana. Y simplemente lo ha causado la sensación de entender en un minuto que la Imagen que tenía a mi lado, es el Señor de Carmona por algo. Muchas veces me habían contado de la gran devoción que la gente de esta ciudad le tenía a Nuestro Padre, independientemente de que fueran de otra hermandad. Independientemente de que fueran mas o menos creyentes, hay algo de este Cristo que atrae y que te hace sentir cosas.
Y lo entendí en el momento en que tuve que ayudar a un hombre, ya invadido por las canas y apoyado en dos muletas, a besar a Nuestro Padre. La ventaja de estar con el paño limpiando al Señor, es que oyes muy cerca no sólo los besos, si no también las palabras. Una vez sujeto este hombre, a mis oídos llega esta frase casi temblorosa y con la complicidad de parecer que hubiera una amistad divina: "Dame salú pa podé vení a verte muchos años". Os aseguro que sin pensarlo le sujeté el brazo más fuerte a aquel hombre, y tragué un nudo del tamaño de la Puerta de Sevilla, suspirando y mirando al techo de la Capilla para no llorar.
El hombre bajó y la cola seguía su turno, y yo pude salir (no sé como) de aquel atolladero y limpié su beso (me costó limpiarlo y no dejárselo en el pie al Señor). Seguía recibiendo gente y limpiando en estado de inconsciencia. Era como si no supiera donde estaba y durante unos minutos, hiciera la limpieza y la entrega de estampas de forma mecánica...
Cuando ya me había rehecho, y deseando un cigarrillo con un ansia desconocida para mí hasta ese momento, vino otra señora, también con una muleta, también mayor y algo bajita. Con mucho trabajo y mi ayuda pudo subirse a la escalerita preparada para facilitar el beso a la gente que no llegara a la altura de la peana del Señor, y no dio solamente un beso, dio una ristra de ellos y de nuevo pude oír palabras: "Ay, Señó, que sarga bien la operasión esta tarde"... Ya os juro que no supe donde meterme y los ojos se me llenaron de lágrimas, que no sé por qué milagro del cielo no cayeron por mis mejillas delante de todo el mundo. Ayudé a bajar a la señora y le regalé la estampa sin que hiciera donativo alguno. Era mi forma de decirle: "Seguro que Él hará que así sea".
Luego la fila fue llegando a su fin, y cercana la hora del cierre, la Iglesia se quedó sola. Algún guiri despistado entró con cuentagotas, y algún visitante de fuera de Carmona que me hizo contarle el nombre, la antigüedad y devoción de Nuestro Padre y de la Hermandad. Llegada la hora, cerré la iglesia y me quedé a solas con Él. ¿Y sabéis lo que le dije entre otras cosas que no pienso contar aquí? Que bendijera a todos los que se acercaron a Él a besar su pié, y sobre todo a la gente de la Junta por confiar en mí de tal modo, que me hicieron el regalo más bello de esta cuaresma.
Y ese regalo no era otro que comprobar que a veces, hay cosas que hasta para el que no sea creyente pueden removerle el alma. Hubiera dado lo que fuera porque alguien de tantos que no tienen fe, estuvieran en mi pellejo durante aquellas dos frases. Si no sienten nada, no es que no tengan fe, directamente es que están muertos por dentro. La fe verdadera existe, y la vi en aquellos dos ancianos, que lo único que pedían era lo básico en nuestra vida: SALUD. Y esa es la fe más verdadera, y ese tipo de momentos son los que hacen justificar que Nuestro Padre sea "El Señor de Carmona". Esas cosas son las que te hacen mirarle a solas en su capilla y emocionarte, hablarle, que nadie te responda y a la vez sentir una cura en el alma.
No podía resistirme a contaros que desde hoy, tengo más fe en la humanidad, tengo más fe en la propia fe, y tengo más agradecimiento al Silencio y a Nuestro Padre del que le he tenido nunca, porque igual no es de locos pensar que Él dispuso todo el Domingo para que fuera yo quien viviera todo aquello. Igual quería que me diera cuenta que la devoción y el cariño que le tengo no le llega a la altura del zapato a aquellos dos besos con sus respectivas palabras de aquellos dos ancianos, y antes de irme pensé: "Ojalá Señor, pudiera yo quererte como hoy te han querido y te quieren ellos".
Y ahora, casi vencido por el sueño de haber dormido 4 horas desde el viernes, creo que mi mejor cura en el alma era haceros partícipes a todos los que me leéis de algo tan grande, tan emotivo y tan bonito. Ahora creo que puedo dormir muy a gusto esa noche, y creo que muchos de vosotros (ojalá no me equivoque) después de leer esto, también lo haréis. Feliz semana de Pasión.
Este domingo por segunda jornada consecutiva, la Imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno estaba expuesta en besapiés, y a la vez, se celebraba el Pregón de la Semana Santa de Carmona, que maravillosamente ha declamado otro hermano de mi Hermandad del Silencio, Francisco García Ba. El caso es que precisamente por este motivo y por otras incompatibilidades, los miembros de la Junta del Silencio quedaban en cuadro a la hora de poder asistir al pregón y tener gente para hacer turno de ayuda en el besapiés.
Como yo por causas que no vienen a cuento, no tenía retransmisión deportiva, me ofrecí, antes de que los miembros de la Junta tuvieran que hacer cuentas para ver quién podía quedarse hasta la hora de cierre del besapiés, a quedarme yo junto a Nuestro Padre, a solas con él, para la vigilancia del acto y ayuda de las personas que lo necesitaran para cumplir este devoto acto para con el Señor de Carmona.
Como dato adicional, cumplí con mi promesa de estar a la hora elegida, después de haber descansado nada y menos por el bautizo el día anterior de la hija de mi casi hermano, Rocío, a la que quiero ya como mi nueva sobrina. Con el sueño a cuestas me duché, me vestí, y me presenté en San Bartolomé, para recibir las instrucciones de llaves, luces, etc para que a la hora fijada, cerrara la iglesia.
Había misa a la hora del besapiés, y cuando ésta terminó, una gran fila de gente se acercaba a besar los pies de Nuestro Padre. La situación era la siguiente: La figura de Nuestro Padre Jesús Nazareno en el centro de la capilla, yo a solas con él, blandiendo el pañuelo para limpiar su pie tras cada beso, y eso precisamente: besos, y besos, y más besos.
Yo ya había compartido momentos del besapiés con mis amigos de la Junta del Silencio pero nunca había estado como responsable de todo, y sobre todo nunca había tenido momentos en los que la Iglesia se vaciaba por completo y quedábamos a solas Él y yo... Puse incienso en la pastilla candente, lo perfumé, lo miré, lo mimé y lo vigilé con todo el cariño que podía. Pasaban personas conocidas, daban su limosna, me pedían una estampa que daba siempre con una sonrisa en la cara... Algunos pequeños llevados por sus padres, dudaban ante lo que impone Nuestro Padre y les convencía con el simpático "soborno" de darles una estampita si besaban su pié. Lo hacían y se iban ilusionados y orgullosos con su estampa.
Pero lo que quiero contar viene ahora. Es difícil, muy difícil intentar mantener la compostura en ciertas ocasiones, querer salir corriendo y no poder porque nadie puede relevarte, y a mí me ha pasado esta mañana. Y simplemente lo ha causado la sensación de entender en un minuto que la Imagen que tenía a mi lado, es el Señor de Carmona por algo. Muchas veces me habían contado de la gran devoción que la gente de esta ciudad le tenía a Nuestro Padre, independientemente de que fueran de otra hermandad. Independientemente de que fueran mas o menos creyentes, hay algo de este Cristo que atrae y que te hace sentir cosas.
Y lo entendí en el momento en que tuve que ayudar a un hombre, ya invadido por las canas y apoyado en dos muletas, a besar a Nuestro Padre. La ventaja de estar con el paño limpiando al Señor, es que oyes muy cerca no sólo los besos, si no también las palabras. Una vez sujeto este hombre, a mis oídos llega esta frase casi temblorosa y con la complicidad de parecer que hubiera una amistad divina: "Dame salú pa podé vení a verte muchos años". Os aseguro que sin pensarlo le sujeté el brazo más fuerte a aquel hombre, y tragué un nudo del tamaño de la Puerta de Sevilla, suspirando y mirando al techo de la Capilla para no llorar.
El hombre bajó y la cola seguía su turno, y yo pude salir (no sé como) de aquel atolladero y limpié su beso (me costó limpiarlo y no dejárselo en el pie al Señor). Seguía recibiendo gente y limpiando en estado de inconsciencia. Era como si no supiera donde estaba y durante unos minutos, hiciera la limpieza y la entrega de estampas de forma mecánica...
Cuando ya me había rehecho, y deseando un cigarrillo con un ansia desconocida para mí hasta ese momento, vino otra señora, también con una muleta, también mayor y algo bajita. Con mucho trabajo y mi ayuda pudo subirse a la escalerita preparada para facilitar el beso a la gente que no llegara a la altura de la peana del Señor, y no dio solamente un beso, dio una ristra de ellos y de nuevo pude oír palabras: "Ay, Señó, que sarga bien la operasión esta tarde"... Ya os juro que no supe donde meterme y los ojos se me llenaron de lágrimas, que no sé por qué milagro del cielo no cayeron por mis mejillas delante de todo el mundo. Ayudé a bajar a la señora y le regalé la estampa sin que hiciera donativo alguno. Era mi forma de decirle: "Seguro que Él hará que así sea".
Luego la fila fue llegando a su fin, y cercana la hora del cierre, la Iglesia se quedó sola. Algún guiri despistado entró con cuentagotas, y algún visitante de fuera de Carmona que me hizo contarle el nombre, la antigüedad y devoción de Nuestro Padre y de la Hermandad. Llegada la hora, cerré la iglesia y me quedé a solas con Él. ¿Y sabéis lo que le dije entre otras cosas que no pienso contar aquí? Que bendijera a todos los que se acercaron a Él a besar su pié, y sobre todo a la gente de la Junta por confiar en mí de tal modo, que me hicieron el regalo más bello de esta cuaresma.
Y ese regalo no era otro que comprobar que a veces, hay cosas que hasta para el que no sea creyente pueden removerle el alma. Hubiera dado lo que fuera porque alguien de tantos que no tienen fe, estuvieran en mi pellejo durante aquellas dos frases. Si no sienten nada, no es que no tengan fe, directamente es que están muertos por dentro. La fe verdadera existe, y la vi en aquellos dos ancianos, que lo único que pedían era lo básico en nuestra vida: SALUD. Y esa es la fe más verdadera, y ese tipo de momentos son los que hacen justificar que Nuestro Padre sea "El Señor de Carmona". Esas cosas son las que te hacen mirarle a solas en su capilla y emocionarte, hablarle, que nadie te responda y a la vez sentir una cura en el alma.
No podía resistirme a contaros que desde hoy, tengo más fe en la humanidad, tengo más fe en la propia fe, y tengo más agradecimiento al Silencio y a Nuestro Padre del que le he tenido nunca, porque igual no es de locos pensar que Él dispuso todo el Domingo para que fuera yo quien viviera todo aquello. Igual quería que me diera cuenta que la devoción y el cariño que le tengo no le llega a la altura del zapato a aquellos dos besos con sus respectivas palabras de aquellos dos ancianos, y antes de irme pensé: "Ojalá Señor, pudiera yo quererte como hoy te han querido y te quieren ellos".
Y ahora, casi vencido por el sueño de haber dormido 4 horas desde el viernes, creo que mi mejor cura en el alma era haceros partícipes a todos los que me leéis de algo tan grande, tan emotivo y tan bonito. Ahora creo que puedo dormir muy a gusto esa noche, y creo que muchos de vosotros (ojalá no me equivoque) después de leer esto, también lo haréis. Feliz semana de Pasión.
19 marzo 2015
CUARESMA (XIV). CRISTOS DE CARMONA (y VIII). "Todo empieza ahora."
La muerte avanza por las calles del Sábado con paso de tambor templado. El Hijo de un Dios con apellido Buiza es llevado por Santos Varones y por varones terrenales con costal y voz de capataz. El simbolismo de Su cara de sufrimiento calmado, de Sus ojos sin vida y de su mano cayendo al encuentro de una Magdalena, es el fin de nuestra condena. La profecía está a punto de cumplirse. Lleva en su figura la calma tensa tras la última exhalación de vida. Lleva en Sus portadores Santos el gesto del dolor y la rabia ante el castigo desmesurado por su condición de divinidad. Lleva la belleza de la Soledad que deja en los corazones al pasar, con el mismo apellido.
Sale de una casa prestada, vive en otra, y cuando sale, aún inerte quiere volver a la suya, a la casa de la que lo "arrancaron" a Él, a Su Madre y a todos Sus hijos y hermanos. Y vuelve a paso fúnebre con sones del "Arrabal" carmonense, precedido por toda Su Pasión anterior tiñendo de color el gris del sepelio del Sábado. Toda Su Semana, nuestra Semana de la Vida, queda reducida al "sepulcro nuevo donde ningún otro había sido enterrado". La rosa que brota de una gota de su sangre sobre las rocas, es el mensaje que Él nos deja. De la muerte a la nueva vida, de la sangre a la flor...
Es más que la representación del fin de una profecía. Es el Señor que nos marca el destino de todos nosotros, tarde o temprano, de forma apacible o cruel, pero todos tendremos que ir con Él al sepulcro. Pero siempre a los cristianos nos quedará salir de la piedra como brotó la rosa y subir a su lado. Porque "Dios no ha enviado a su hijo para salvar al mundo, si no para que el mundo se salve por Él". Y por el recordamos a su paso alargado, a todos aquellos que lo ven cada Sábado de nuestras vidas desde la carrera oficial de los cielos. Recordamos a quien nos llevó de la mano alguna vez a verle salir de casa de Su abuela Santa Ana.
Recordamos el beso que ya no tenemos, la voz que ya no nos volverá a sonar en los oídos, la sonrisa que ya no veremos brillar, la mirada que ya no veremos en nuestra mirada, pero que la veremos siempre en la memoria. Todo ese mundo ausente es Él. Todas las cruces que nos hacemos son Él. Todo el amor por la Soledad es Él. Toda la Paz es Él. Él y no otro porque todo ha pasado, porque todo se acaba, porque la espera del tiempo terminó para ponerle fin a nuestras ilusiones. La Semana de nuestras vidas llega a la extinción con Su muerte, con su Santo Entierro.
Todo acaba con él y sin embargo, todo huele a un nuevo comienzo, a una nueva Pascua en la que se confirma el cumplimiento de lo que estaba escrito. Todas las cosas empiezan de nuevo a buscar sentido. La Semana vuelve a estar a lo lejos, ansiada, añorada en los albores de los corazones de Sus hijos. De nuevo veneraremos Su Cuerpo en Divina Custodia en una mañana de verano. De nuevo rememoraremos a Su Madre como patrona en nueve días, de nuevo festejaremos el nacimiento del Niño Dios, y la espera será más corta, de nuevo se acercará el tiempo.
Y todo eso sucede tras su Entierro. No encuentro mejor definición al verlo pasar, que la frase final de la película de Su vida que contó Zefirelli. Ian Holm en el papel de un escriba, entra en el Santo Sepulcro a comprobar que la piedra estaba movida, y dentro sólo quedaba el Sudario de Dios. Y dándose cuenta de que habían contribuído de la forma más cruel a que se cumplieran las Sagradas Escrituras, sólo acertó a decir lo que todos los cofrades pensamos cuando dejamos que el Santo Entierro se nos pierda entrando por la puerta de la noche del Sábado: "Ahora empieza.... TODO EMPIEZA AHORA."
Sale de una casa prestada, vive en otra, y cuando sale, aún inerte quiere volver a la suya, a la casa de la que lo "arrancaron" a Él, a Su Madre y a todos Sus hijos y hermanos. Y vuelve a paso fúnebre con sones del "Arrabal" carmonense, precedido por toda Su Pasión anterior tiñendo de color el gris del sepelio del Sábado. Toda Su Semana, nuestra Semana de la Vida, queda reducida al "sepulcro nuevo donde ningún otro había sido enterrado". La rosa que brota de una gota de su sangre sobre las rocas, es el mensaje que Él nos deja. De la muerte a la nueva vida, de la sangre a la flor...
Es más que la representación del fin de una profecía. Es el Señor que nos marca el destino de todos nosotros, tarde o temprano, de forma apacible o cruel, pero todos tendremos que ir con Él al sepulcro. Pero siempre a los cristianos nos quedará salir de la piedra como brotó la rosa y subir a su lado. Porque "Dios no ha enviado a su hijo para salvar al mundo, si no para que el mundo se salve por Él". Y por el recordamos a su paso alargado, a todos aquellos que lo ven cada Sábado de nuestras vidas desde la carrera oficial de los cielos. Recordamos a quien nos llevó de la mano alguna vez a verle salir de casa de Su abuela Santa Ana.
Recordamos el beso que ya no tenemos, la voz que ya no nos volverá a sonar en los oídos, la sonrisa que ya no veremos brillar, la mirada que ya no veremos en nuestra mirada, pero que la veremos siempre en la memoria. Todo ese mundo ausente es Él. Todas las cruces que nos hacemos son Él. Todo el amor por la Soledad es Él. Toda la Paz es Él. Él y no otro porque todo ha pasado, porque todo se acaba, porque la espera del tiempo terminó para ponerle fin a nuestras ilusiones. La Semana de nuestras vidas llega a la extinción con Su muerte, con su Santo Entierro.
Todo acaba con él y sin embargo, todo huele a un nuevo comienzo, a una nueva Pascua en la que se confirma el cumplimiento de lo que estaba escrito. Todas las cosas empiezan de nuevo a buscar sentido. La Semana vuelve a estar a lo lejos, ansiada, añorada en los albores de los corazones de Sus hijos. De nuevo veneraremos Su Cuerpo en Divina Custodia en una mañana de verano. De nuevo rememoraremos a Su Madre como patrona en nueve días, de nuevo festejaremos el nacimiento del Niño Dios, y la espera será más corta, de nuevo se acercará el tiempo.
Y todo eso sucede tras su Entierro. No encuentro mejor definición al verlo pasar, que la frase final de la película de Su vida que contó Zefirelli. Ian Holm en el papel de un escriba, entra en el Santo Sepulcro a comprobar que la piedra estaba movida, y dentro sólo quedaba el Sudario de Dios. Y dándose cuenta de que habían contribuído de la forma más cruel a que se cumplieran las Sagradas Escrituras, sólo acertó a decir lo que todos los cofrades pensamos cuando dejamos que el Santo Entierro se nos pierda entrando por la puerta de la noche del Sábado: "Ahora empieza.... TODO EMPIEZA AHORA."
18 marzo 2015
CUARESMA 2015 (XIII). CRISTOS DE CARMONA (VII): "El Señor de todos..."
En Su rostro divino moran la belleza y la serenidad. En Sus llagas desgastadas por el pasar de los años las oraciones que marcan la devoción de una ciudad milenaria. En Sus manos que sostuve en las mías, sostiene la fe de todos nosotros en forma de Cruz de carey. Su espalda encorvada soporta súplicas y culpas eternas de las almas de quien salvó. En cada bucle de Su pelo hay grandeza de Señor, de Hijo de Dios y de Padre... de Padrenuestro... de Nuestro Padre. Apodo que acorta su nombre completo porque para quien se entiende un amigo, se prescinde de los Apellidos por importantes que sean. Porque el amor y la creencia desaforada de un pueblo otorgan títulos que ninguna medalla de la ciudad puede superar... ni siquiera el de Alcalde Perpetuo.
En Su camino quedó marcado para siempre el nuestro, como "Cirineos" que miran para otro lado porque no quieren ver Su sufrimiento, ni como lleva a cuestas el instrumento y reposo de Su muerte. Su camino es el del recogimiento y el escalofrío intenso en una mirada cercana en la soledad de Su Capilla. El camino que impone la Divinidad de la ternura a paso abierto y silencioso. Porque es el Señor del Silencio y por más que su pasar se produzca en un instante, más permanente es la imagen que deja en la retina. No emociona cuando pasa, no es eso lo que provoca su imponente cuerpo de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos.
Cuando pasa sobrecoge, provoca la mirada compasiva y la pose de respeto. Cuando pasa se hace el Silencio, porque el Silencio sólo se hace ante las cosas grandes, ante las creencias grandes, ante los hechos grandes, en los momentos grandes... Cuando pasa no importa nada para quien de verdad cree. Solo importan los sonidos que dejan oír el Silencio (que en el Silencio también se oyen sonidos), anunciado por una campana de la niñez de un muñidor. Cuando pasa hay quien se santigua, hay quien enseña a un pequeño temeroso que debe callar y que no debe temer, porque el Silencio protege, el Silencio bendice, el Silencio purifica. Cuando pasa todos somos "Verónicas" para limpiarle el sudor y aliviarle la fatiga.
No hay Calvario que llegue antes que el Suyo, no hay manos que no quieran aliviarle el peso de su hombro para que no llegue la tercera caída. No hay un jadeo dolorido más callado que el de sus divinos labios abiertos. No hay manos con más ternura que las que abrazan el carey ávido de sangre de Dios y no hay clavos más terribles que los del estremecimiento que provoca Su mirada. No hay Nazareno más Nazareno, ni Señor más Señor, ni Hombre más Dios, ni Padre más Nuestro. No hay camino más íntimo que el que marcan las huellas de sus pies cuando la noche inunda y Él atraviesa Sol. No hay más Cruz que la Suya y la del nombre de las Hermanas que le cantan en su parada más celestial.
Cuando Jerusalem se hace Carmona, o Carmona, Jerusalem, la tradición de siglos se hace reina del Viernes eterno de la Semana. La antigüedad del triunfo del amor se impone sobre toda modernidad de nuestra vida cotidiana. Cuando el Viernes se erige el Monumento de la fe, Él nos hace encontrarle sentido a todo. Y alberga en su seno a muchos que viven el resto de los días, el resto de los cariños a otras advocaciones del Hijo de Dios, porque Él no es hijo, es Padre, y es Nuestro. El Padrenuestro que hace compatible compartir el corazón, las miradas, las oraciones, los besos y los suspiros.
El Señor del Silencio que es el Señor de muchas cosas más. Es el Señor del fervor de tantos fieles que históricamente buscaron su consuelo en Él. Es el Señor del anochecer de los Viernes de nuestra vida, el Señor de la historia de una ciudad que lo guarda tras una muralla romana. El Señor de la vida defendida con el Dogma de la Inmaculada. El señor de los rezos, de las peticiones de alivio de los Dolores de la Madre Nazarena... y de todas las madres. Es el Señor que porta en Su Cruz la cruz del silencio de cada corazón palabras adentro. A lo largo de nuestras vidas, de nuestras Semanas, acogió las súplicas y las gracias sus de hijos. Por eso sigue siendo Nuestro Padre y seguirá siendo el Señor de todo, el Señor de todos... de todos nosotros... El Señor de Carmona.
En Su camino quedó marcado para siempre el nuestro, como "Cirineos" que miran para otro lado porque no quieren ver Su sufrimiento, ni como lleva a cuestas el instrumento y reposo de Su muerte. Su camino es el del recogimiento y el escalofrío intenso en una mirada cercana en la soledad de Su Capilla. El camino que impone la Divinidad de la ternura a paso abierto y silencioso. Porque es el Señor del Silencio y por más que su pasar se produzca en un instante, más permanente es la imagen que deja en la retina. No emociona cuando pasa, no es eso lo que provoca su imponente cuerpo de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos.
Cuando pasa sobrecoge, provoca la mirada compasiva y la pose de respeto. Cuando pasa se hace el Silencio, porque el Silencio sólo se hace ante las cosas grandes, ante las creencias grandes, ante los hechos grandes, en los momentos grandes... Cuando pasa no importa nada para quien de verdad cree. Solo importan los sonidos que dejan oír el Silencio (que en el Silencio también se oyen sonidos), anunciado por una campana de la niñez de un muñidor. Cuando pasa hay quien se santigua, hay quien enseña a un pequeño temeroso que debe callar y que no debe temer, porque el Silencio protege, el Silencio bendice, el Silencio purifica. Cuando pasa todos somos "Verónicas" para limpiarle el sudor y aliviarle la fatiga.
No hay Calvario que llegue antes que el Suyo, no hay manos que no quieran aliviarle el peso de su hombro para que no llegue la tercera caída. No hay un jadeo dolorido más callado que el de sus divinos labios abiertos. No hay manos con más ternura que las que abrazan el carey ávido de sangre de Dios y no hay clavos más terribles que los del estremecimiento que provoca Su mirada. No hay Nazareno más Nazareno, ni Señor más Señor, ni Hombre más Dios, ni Padre más Nuestro. No hay camino más íntimo que el que marcan las huellas de sus pies cuando la noche inunda y Él atraviesa Sol. No hay más Cruz que la Suya y la del nombre de las Hermanas que le cantan en su parada más celestial.
Cuando Jerusalem se hace Carmona, o Carmona, Jerusalem, la tradición de siglos se hace reina del Viernes eterno de la Semana. La antigüedad del triunfo del amor se impone sobre toda modernidad de nuestra vida cotidiana. Cuando el Viernes se erige el Monumento de la fe, Él nos hace encontrarle sentido a todo. Y alberga en su seno a muchos que viven el resto de los días, el resto de los cariños a otras advocaciones del Hijo de Dios, porque Él no es hijo, es Padre, y es Nuestro. El Padrenuestro que hace compatible compartir el corazón, las miradas, las oraciones, los besos y los suspiros.
El Señor del Silencio que es el Señor de muchas cosas más. Es el Señor del fervor de tantos fieles que históricamente buscaron su consuelo en Él. Es el Señor del anochecer de los Viernes de nuestra vida, el Señor de la historia de una ciudad que lo guarda tras una muralla romana. El Señor de la vida defendida con el Dogma de la Inmaculada. El señor de los rezos, de las peticiones de alivio de los Dolores de la Madre Nazarena... y de todas las madres. Es el Señor que porta en Su Cruz la cruz del silencio de cada corazón palabras adentro. A lo largo de nuestras vidas, de nuestras Semanas, acogió las súplicas y las gracias sus de hijos. Por eso sigue siendo Nuestro Padre y seguirá siendo el Señor de todo, el Señor de todos... de todos nosotros... El Señor de Carmona.
17 marzo 2015
CUARESMA 2015 (XII). CRISTOS DE CARMONA (VI): "La humilde y paciente espera".
La Humildad y la Paciencia son uno. Viven en Él, y Él vive en la casa del que guarda las llaves del Reino. No tiene barrio pero ni falta que le hace, porque Él en sí mismo es una ciudad entera cuando se abre la tarde del Viernes Santo que antes era madrugada. El simbolismo del blanco de sus fervorosos penitentes así lo atestigua, así lo legaron a la memoria de los tiempos. Él es la espera amarga de quien sabe lo que ha sucedido, lo que está sucediendo y lo que sucederá. Está sentado, pero camina. Camina solo sin más compañía que la calavera de la muerte que le ronda, y las piedras que por mandato divino se partirán en dos cuando sus Dolores terminen.
Él representa las amargas esperas de nuestras vidas. La espera eterna de un año intensificada en cuarenta días, y personificada en las horas previas a cada día de la Semana de la Pasión. La espera de quien aguarda en una fría sala de Hospital un diagnóstico, una mejora, una nueva vida, o una luz que se apaga. La espera del amor cuando está floreciendo, o de una llamada cuando la sombra negra del desempleo se sienta cada día a la mesa. La espera del momento de verlo pasar cuando sabemos que murió hace horas y aún así, lo esperamos con la mirada perdida en el blanco de su cortejo.Mirándolo a Él y comprobando cómo reposa la faz sobre sus nudillos y sentado espera "como cordero que es llevado al matadero".
Es la Paciencia de un Dios representada en una mirada de resignación. Y pocos rostros como el suyo reflejan mejor un nombre compuesto. Paciencia ante la que podemos responder, que podemos asumir como su regalo, que podemos hacer nuestra y de la que muchos se han llenado en los peores momentos. Puede que con su imagen en la memoria y en el intervalo de cada segundo de cada tiempo de espera. Quien dijo aquello de "el que espera, desespera" no lo conocía a Él, eso es seguro. No entró a las puertas de la casa de San Pedro, no atravesó los bajos de una Giralda en miniatura, y no se quedó a contemplarlo unos segundos. Él espera sin desesperarse, y ahí radica Su grandeza.
Y siendo quien es, quiso esperar el martirio. El dolor de verse clavado en una Cruz por nuestros pecados. La agonía de una espalda destrozada a latigazos, de un pómulo hundido por una "bofetá", de un cuero cabelludo agujereado por miles de espinas, del hombro hundido por el peso del madero donde morirá. Y todo eso lo esperó callado, Humilde. Lección que no aprendemos en la historia de los tiempos pasados y presentes. Que la vanidad nunca debe superar a la Humildad. Que lo nuestro nunca debe parecer mejor que lo de los demás salvo cuando así lo demostremos. Que la lengua viperina para criticar por creernos mejores nos la pone el demonio y no Él, que siendo Dios, no usó su posición para librarse del castigo que espera sentado en las rocas del Gólgota.
La Humildad que Él tiene en su rostro y la que tanto nos falta para no presumir a la mínima en cualquier conversación. La Humildad de quien salvó a la humanidad y no se salvó a sí mismo. La Humildad de la incomprensión ante esa virtud en un mundo en el que necesitamos decir lo buenos que somos, lo que sabemos, lo que hacemos, y no nos damos cuenta de que demostrarlo es el mejor pregón de nuestras virtudes. Y así camina Él... sentado en la roca de nuestras culpas, con las dos virtudes en un solo nombre, y con los Dolores más expresivos regalados al rostro de Su Madre, que Él eligió la dulzura para el suyo en un momento tan amargo. Y sea madrugada, mañana soleada de Alameda, mediodía de paseo, o tarde noche de Viernes eterno, nos sigue recordando Su grandeza cuando pasa. La Semana muere y Él camina sentado. Nosotros respiramos con nostalgia, porque ya se acaba el tiempo por el que hemos aguardado todo un año, que se nos intensificó en cuarenta días. Con Él va terminando la Semana para la que agotamos la espera... la suya... la humilde y paciente espera.
Él representa las amargas esperas de nuestras vidas. La espera eterna de un año intensificada en cuarenta días, y personificada en las horas previas a cada día de la Semana de la Pasión. La espera de quien aguarda en una fría sala de Hospital un diagnóstico, una mejora, una nueva vida, o una luz que se apaga. La espera del amor cuando está floreciendo, o de una llamada cuando la sombra negra del desempleo se sienta cada día a la mesa. La espera del momento de verlo pasar cuando sabemos que murió hace horas y aún así, lo esperamos con la mirada perdida en el blanco de su cortejo.Mirándolo a Él y comprobando cómo reposa la faz sobre sus nudillos y sentado espera "como cordero que es llevado al matadero".
Es la Paciencia de un Dios representada en una mirada de resignación. Y pocos rostros como el suyo reflejan mejor un nombre compuesto. Paciencia ante la que podemos responder, que podemos asumir como su regalo, que podemos hacer nuestra y de la que muchos se han llenado en los peores momentos. Puede que con su imagen en la memoria y en el intervalo de cada segundo de cada tiempo de espera. Quien dijo aquello de "el que espera, desespera" no lo conocía a Él, eso es seguro. No entró a las puertas de la casa de San Pedro, no atravesó los bajos de una Giralda en miniatura, y no se quedó a contemplarlo unos segundos. Él espera sin desesperarse, y ahí radica Su grandeza.
Y siendo quien es, quiso esperar el martirio. El dolor de verse clavado en una Cruz por nuestros pecados. La agonía de una espalda destrozada a latigazos, de un pómulo hundido por una "bofetá", de un cuero cabelludo agujereado por miles de espinas, del hombro hundido por el peso del madero donde morirá. Y todo eso lo esperó callado, Humilde. Lección que no aprendemos en la historia de los tiempos pasados y presentes. Que la vanidad nunca debe superar a la Humildad. Que lo nuestro nunca debe parecer mejor que lo de los demás salvo cuando así lo demostremos. Que la lengua viperina para criticar por creernos mejores nos la pone el demonio y no Él, que siendo Dios, no usó su posición para librarse del castigo que espera sentado en las rocas del Gólgota.
La Humildad que Él tiene en su rostro y la que tanto nos falta para no presumir a la mínima en cualquier conversación. La Humildad de quien salvó a la humanidad y no se salvó a sí mismo. La Humildad de la incomprensión ante esa virtud en un mundo en el que necesitamos decir lo buenos que somos, lo que sabemos, lo que hacemos, y no nos damos cuenta de que demostrarlo es el mejor pregón de nuestras virtudes. Y así camina Él... sentado en la roca de nuestras culpas, con las dos virtudes en un solo nombre, y con los Dolores más expresivos regalados al rostro de Su Madre, que Él eligió la dulzura para el suyo en un momento tan amargo. Y sea madrugada, mañana soleada de Alameda, mediodía de paseo, o tarde noche de Viernes eterno, nos sigue recordando Su grandeza cuando pasa. La Semana muere y Él camina sentado. Nosotros respiramos con nostalgia, porque ya se acaba el tiempo por el que hemos aguardado todo un año, que se nos intensificó en cuarenta días. Con Él va terminando la Semana para la que agotamos la espera... la suya... la humilde y paciente espera.
15 marzo 2015
CUARESMA 2015 (XI). CRISTOS DE CARMONA (V): "No veo en este Hombre delito alguno"
De las entrañas de un barrio elegido por Reyes medievales para vivir, sale a la luz de la ciudad el Dios de las dos imágenes. Te clava en el alma dos instantáneas, dos conceptos de La Pasión del Cristo, dos sensaciones principales que luego se desgranan en tantas como cariños viven en cada casa de Santiago. Ofrece sus dos imágenes en toda su anatomía. Sus ojos expresan primero la misericordia de la que sólo el Hijo de Dios puede ser digno, y luego el dolor por las heridas. Sus labios entreabiertos parecen regalar la Paciencia a quien le pide sus bonanzas, y a la vez sueltan los gritos que una tortura extrema le provoca.
Sus manos aferrándose a la Columna parecen ofrecerse a quien las necesita, y se acarician el mármol frío donde salpica Su sangre divina. Viene acercándose a nosotros como un Salvador lleno de gloria (y "lleno de Gracia" con los sones que le acompañan), como un halo de luz eterna de cada despedida de la luna de Nissan. Y mientras se nos viene de frente, nadie repara en el castigo que recibe por cada una de nuestras faltas. Nadie ve el látigo moverse insinuante ante el impacto que va a producir más de trescientas veces. Viene, y viene como Dios, como lo que nunca debemos olvidar que es, como el Poder que triunfará sobre la muerte y reina eternamente sobre las tinieblas.
Y lo vemos pasar..., lo vemos marcharse..., alejarse... andar. Y entonces aparece el Hombre lacerado. Entonces aparece el centurión que detiene al soldado en su castigo porque Pilato "sólo" lo mandó azotar para dar con él un escarmiento. Porque las escrituras debían cumplirse y debía morir en la Cruz y no en la flagelación, aunque en base al castigo raro era que aquel Nazareno no hubiera perecido en el exceso de sed de sangre romana. Entonces aparece el sanedrita presente en los latigazos para constatarse de que el Reo no se libraba del dolor. Entonces lo vemos irse como Hombre masacrado, humillado, rendido al vertido de sangre, para que no olvidemos que aunque era Dios, sintió en sus carnes como humano todo el Sacrificio impuesto por Su Padre.
Noche de más Pasión que ninguna. Cuando ocurrió todo lo que veneramos cada año, cuando el gallo cantó por tres veces. Y todo parece verse bajo la compasión de la Noche por antonomasia de la Semana. Y vemos como Judas lo entrega a la Plazuela de Santiago, cómo el Sanedrín lo juzga en Calatrava, cómo dice "Ego Sum" ante los Ángeles que viven en Santa Clara, cómo Pilato lo recibe en la lonja de Santa María y pronuncia "no veo en este Hombre delito alguno...", cómo lo manda a Herodes por la Plaza de San Fernando y éste lo devuelve al procurador en Blas Infante. Y allí justo en San Bartolomé, Pilato lo manda azotar y así empieza su castigo más cruel en la Pasión, hasta que vuelve donde los Kíkilis lo esperan para limpiarle la sangre.
Impresiona su espalda destrozada por los latigazos. Impresiona el marco de las miradas de los corazones de la humildad del barrio de Santiago. Impresiona y estremece el repeluco que producen las palabras de su guía, que parecen dictadas por Él mismo. Impresiona cómo por el Barrio de mis sueños, donde reina el aire porque es el traje de las rapaces más autóctonas de la tierra, nada estorba a Su paso. Un paso que siempre parece compasivo y poderoso a la vez. Un paso que viene con la Paciencia por medicina para su dolor. Un Hombre Dios, un Rey Hombre, la dualidad en una sola Imagen, en un solo barrio, en una sola noche en la que hasta la luna decide cambiar.
Y su sangre se vuelve la nuestra como predijo en la ÚItima Cena. Y nos vestimos de trajes y mantillas porque para los creyentes es día solemne, y para los de Santiago es el Jueves de la Semana. El día en el que hasta la cal de las paredes del barrio quiere vestirse de gala blanca porque pasa Él, porque pasan los "Kíkilis" de la tierra procesionando y rezando, y los del cielo revoloteando y anunciando con su trino que de la Iglesia con alma de mezquita sale el primero y más grande de cuantos viven en Santiago. El Hombre de la mirada más bella y tierna de cuantos pasean por la cuidad. El Hombre al que con cada pecado le damos un golpe de látigo. El Hombre en el que Pilato "no vió delito alguno" al igual que no lo vemos nosotros. El Hombre que en su espalda nos clava en nuestras almas su sufrimiento, pero que nos deja la primera imagen que nos ofrece permanente en la retina el resto del año. Porque ese Hombre es Dios, y cada Jueves de nuestras vidas, Dios se nos acerca de frente, desde que sale a la Plazuela de Santiago, para reinar en la noche de la Pasión carmonense.
Sus manos aferrándose a la Columna parecen ofrecerse a quien las necesita, y se acarician el mármol frío donde salpica Su sangre divina. Viene acercándose a nosotros como un Salvador lleno de gloria (y "lleno de Gracia" con los sones que le acompañan), como un halo de luz eterna de cada despedida de la luna de Nissan. Y mientras se nos viene de frente, nadie repara en el castigo que recibe por cada una de nuestras faltas. Nadie ve el látigo moverse insinuante ante el impacto que va a producir más de trescientas veces. Viene, y viene como Dios, como lo que nunca debemos olvidar que es, como el Poder que triunfará sobre la muerte y reina eternamente sobre las tinieblas.
Y lo vemos pasar..., lo vemos marcharse..., alejarse... andar. Y entonces aparece el Hombre lacerado. Entonces aparece el centurión que detiene al soldado en su castigo porque Pilato "sólo" lo mandó azotar para dar con él un escarmiento. Porque las escrituras debían cumplirse y debía morir en la Cruz y no en la flagelación, aunque en base al castigo raro era que aquel Nazareno no hubiera perecido en el exceso de sed de sangre romana. Entonces aparece el sanedrita presente en los latigazos para constatarse de que el Reo no se libraba del dolor. Entonces lo vemos irse como Hombre masacrado, humillado, rendido al vertido de sangre, para que no olvidemos que aunque era Dios, sintió en sus carnes como humano todo el Sacrificio impuesto por Su Padre.
Noche de más Pasión que ninguna. Cuando ocurrió todo lo que veneramos cada año, cuando el gallo cantó por tres veces. Y todo parece verse bajo la compasión de la Noche por antonomasia de la Semana. Y vemos como Judas lo entrega a la Plazuela de Santiago, cómo el Sanedrín lo juzga en Calatrava, cómo dice "Ego Sum" ante los Ángeles que viven en Santa Clara, cómo Pilato lo recibe en la lonja de Santa María y pronuncia "no veo en este Hombre delito alguno...", cómo lo manda a Herodes por la Plaza de San Fernando y éste lo devuelve al procurador en Blas Infante. Y allí justo en San Bartolomé, Pilato lo manda azotar y así empieza su castigo más cruel en la Pasión, hasta que vuelve donde los Kíkilis lo esperan para limpiarle la sangre.
Impresiona su espalda destrozada por los latigazos. Impresiona el marco de las miradas de los corazones de la humildad del barrio de Santiago. Impresiona y estremece el repeluco que producen las palabras de su guía, que parecen dictadas por Él mismo. Impresiona cómo por el Barrio de mis sueños, donde reina el aire porque es el traje de las rapaces más autóctonas de la tierra, nada estorba a Su paso. Un paso que siempre parece compasivo y poderoso a la vez. Un paso que viene con la Paciencia por medicina para su dolor. Un Hombre Dios, un Rey Hombre, la dualidad en una sola Imagen, en un solo barrio, en una sola noche en la que hasta la luna decide cambiar.
Y su sangre se vuelve la nuestra como predijo en la ÚItima Cena. Y nos vestimos de trajes y mantillas porque para los creyentes es día solemne, y para los de Santiago es el Jueves de la Semana. El día en el que hasta la cal de las paredes del barrio quiere vestirse de gala blanca porque pasa Él, porque pasan los "Kíkilis" de la tierra procesionando y rezando, y los del cielo revoloteando y anunciando con su trino que de la Iglesia con alma de mezquita sale el primero y más grande de cuantos viven en Santiago. El Hombre de la mirada más bella y tierna de cuantos pasean por la cuidad. El Hombre al que con cada pecado le damos un golpe de látigo. El Hombre en el que Pilato "no vió delito alguno" al igual que no lo vemos nosotros. El Hombre que en su espalda nos clava en nuestras almas su sufrimiento, pero que nos deja la primera imagen que nos ofrece permanente en la retina el resto del año. Porque ese Hombre es Dios, y cada Jueves de nuestras vidas, Dios se nos acerca de frente, desde que sale a la Plazuela de Santiago, para reinar en la noche de la Pasión carmonense.
14 marzo 2015
CUARESMA 2015 (X). CRISTOS DE CARMONA (IV): "Cruz de San Francisco"
Los extramuros también tienen su Dios, que no sólo es Semana Santa de casco antiguo para adentro. ¿O a caso alguien tiene por seguro que el Hijo del Hombre quería vivir siempre entre murallas? La muerte ya no ronda, ahora reina en el Cuerpo inerte que se sostiene en el sudario y la orfandad de la Cruz. Se sostiene porque, aunque lo están descendiendo de ella, parece que levita sobre las almas de un barrio con nombre franciscano. Parece que vuela aportando el moreno de su piel ya inerte sobre la belleza de las Angustias que consuelan al mundo, que consuelan a los hijos para los que escuchar el tañer fúnebre de la campana de la Capilla les ayuda a respirar.
Vive todo el año en su Capilla, que para Él es suficiente la humildad de un espacio reducido para entregar el amparo que mandan dos ojos cerrados por la falta de vida. Nos recuerda que todo martirio tiene su fin, que llegará el día que bajaremos de las cruces de la vida, y nos envolverán en un sudario sobre el que descansar para seguir viviendo, andando en silencio con zancada larga y crujido de parihuela. Está suspendido en el aire y no se mueve más que las escaleras que le bajan a Su Madre. Hijo de Eslava que quiso que su otro Hijo, que vive en la Judería, tuviera un Hermano al que se le pasaran los dolores, fuera de los brazos de piedra que abrazan la ciudad más arcaica.
Llagas que están parando de sangrar como paró su Sagrado Corazón. Ahora ya no está Cautivo, más que de los lienzos que acarician sus brazos caídos, su costado abierto, su espalda masacrada... Ahora sólo quiere ir rápido a ver al Altísimo a la Prioral y volver a callejear por un barrio que por corto que se le quede, más largo le entrega su cariño. Más largo hace el rezo y el sobrecogimiento cuando pasa, más larga hace la supervivencia de la humildad, y más largo el cariño a su Dios descendido. La mitad de la Semana tenía que ser la mitad de la historia, el punto de inflexión donde se descansa el cuerpo para que reviva el Alma de su arrabal de extramuros, el Alma de la ciudad entera que aguanta el aliento porque baje de la forma más dulce posible.
Tiene dos padres, uno es el dueño del Paraíso y el otro habita en él a buen seguro, aunque sus restos descansen bajo a Su hijo descendido. Y hace que al pasar por delante nuestra, con su mecida eterna de paso racheado, todos queramos ser "Nicodemos" y "Josés" de Arimatea para que sean nuestros manos las que quiten sus clavos, las que lo envuelvan en el sudario, las que lo desciendan y lo entreguen a Su Madre con la Piedad que Ella inspira. En las ondas de su cabello mojado por la sangre y la lluvia del momento en que sus ojos se cerraron, van todas las cruces de nuestras vidas. Ya no está en la Cruz, ya no es Su Cruz, ahora es la Cruz de San Francisco... ahora es nuestra Cruz.
Cuando el dolor se calma, todo se torna sobriedad. Cuando Él sale a pasito corto por el atrio del Miércoles bajo son de una campana y de una "Quinta Angustia" que suena como "El Arrabal" de extramuros, todo se envuelve en luto. Todos parecemos de Su cuerpo de Nazarenos, todos llevamos el "Lignum Crucis" clavado en nuestras entrañas, y cerramos los ojos como Él cuando ha pasado, porque al pasar nadie quiere ni pestañear. Es la muerte que inspira grandeza, es un descendimiento que nos sube la fe en la espera al tercer día después, es el Hombre-Dios que te hace temblar por todo lo que lo envuelve. Y te hace ensanchar la compasión por sus manos agujereadas por los clavos de nuestras culpas diarias.
La mitad más dolorosa ha pasado, y sin embargo nos queda la mitad más dramática y a la vez más festiva de nuestra Semana cuando en la medianoche ya pasada, el Jueves le hace tañer la campana de recogida al Miércoles meridiano. Y cambia la luna porque el Descendimiento en San Francisco se hace eterno, nunca se Le termina de bajar de la Cruz, pero sabemos que Lo bajaron. Así lo sabe San Francisco, el arrabal de extramuros más verdadero de la ciudad amurallada, así lo quiso Eslava, y así lo queremos todos. Durmiendo en su Capilla con cabecera de Convento en ruinas y manta de colegio con nombre de Príncipe de los Ingenios. Y aun así, ha dejado la cruz, la cruz que nos deja como testimonio de su grandeza morena, de las Angustias de su madre. La Cruz que tomaremos como referencia a nuestros propios pesares, la Cruz del Arrabal de Extramuros, la Cruz del Señor que levita en nuestros corazones del Miércoles Santo... LA CRUZ DE SAN FRANCISCO.
Vive todo el año en su Capilla, que para Él es suficiente la humildad de un espacio reducido para entregar el amparo que mandan dos ojos cerrados por la falta de vida. Nos recuerda que todo martirio tiene su fin, que llegará el día que bajaremos de las cruces de la vida, y nos envolverán en un sudario sobre el que descansar para seguir viviendo, andando en silencio con zancada larga y crujido de parihuela. Está suspendido en el aire y no se mueve más que las escaleras que le bajan a Su Madre. Hijo de Eslava que quiso que su otro Hijo, que vive en la Judería, tuviera un Hermano al que se le pasaran los dolores, fuera de los brazos de piedra que abrazan la ciudad más arcaica.
Llagas que están parando de sangrar como paró su Sagrado Corazón. Ahora ya no está Cautivo, más que de los lienzos que acarician sus brazos caídos, su costado abierto, su espalda masacrada... Ahora sólo quiere ir rápido a ver al Altísimo a la Prioral y volver a callejear por un barrio que por corto que se le quede, más largo le entrega su cariño. Más largo hace el rezo y el sobrecogimiento cuando pasa, más larga hace la supervivencia de la humildad, y más largo el cariño a su Dios descendido. La mitad de la Semana tenía que ser la mitad de la historia, el punto de inflexión donde se descansa el cuerpo para que reviva el Alma de su arrabal de extramuros, el Alma de la ciudad entera que aguanta el aliento porque baje de la forma más dulce posible.
Tiene dos padres, uno es el dueño del Paraíso y el otro habita en él a buen seguro, aunque sus restos descansen bajo a Su hijo descendido. Y hace que al pasar por delante nuestra, con su mecida eterna de paso racheado, todos queramos ser "Nicodemos" y "Josés" de Arimatea para que sean nuestros manos las que quiten sus clavos, las que lo envuelvan en el sudario, las que lo desciendan y lo entreguen a Su Madre con la Piedad que Ella inspira. En las ondas de su cabello mojado por la sangre y la lluvia del momento en que sus ojos se cerraron, van todas las cruces de nuestras vidas. Ya no está en la Cruz, ya no es Su Cruz, ahora es la Cruz de San Francisco... ahora es nuestra Cruz.
Cuando el dolor se calma, todo se torna sobriedad. Cuando Él sale a pasito corto por el atrio del Miércoles bajo son de una campana y de una "Quinta Angustia" que suena como "El Arrabal" de extramuros, todo se envuelve en luto. Todos parecemos de Su cuerpo de Nazarenos, todos llevamos el "Lignum Crucis" clavado en nuestras entrañas, y cerramos los ojos como Él cuando ha pasado, porque al pasar nadie quiere ni pestañear. Es la muerte que inspira grandeza, es un descendimiento que nos sube la fe en la espera al tercer día después, es el Hombre-Dios que te hace temblar por todo lo que lo envuelve. Y te hace ensanchar la compasión por sus manos agujereadas por los clavos de nuestras culpas diarias.
La mitad más dolorosa ha pasado, y sin embargo nos queda la mitad más dramática y a la vez más festiva de nuestra Semana cuando en la medianoche ya pasada, el Jueves le hace tañer la campana de recogida al Miércoles meridiano. Y cambia la luna porque el Descendimiento en San Francisco se hace eterno, nunca se Le termina de bajar de la Cruz, pero sabemos que Lo bajaron. Así lo sabe San Francisco, el arrabal de extramuros más verdadero de la ciudad amurallada, así lo quiso Eslava, y así lo queremos todos. Durmiendo en su Capilla con cabecera de Convento en ruinas y manta de colegio con nombre de Príncipe de los Ingenios. Y aun así, ha dejado la cruz, la cruz que nos deja como testimonio de su grandeza morena, de las Angustias de su madre. La Cruz que tomaremos como referencia a nuestros propios pesares, la Cruz del Arrabal de Extramuros, la Cruz del Señor que levita en nuestros corazones del Miércoles Santo... LA CRUZ DE SAN FRANCISCO.
13 marzo 2015
CUARESMA 2015 (IX): CRISTOS DE CARMONA (III): "Todo está consumado..."
Con Él se detiene el tiempo, se detiene todo. Él es el único que parece que se mueve, para quedar inmóvil en un suspiro. Es normal. Que para eso es el dueño del tiempo en el que toda una ciudad se vuelve Barrio de los barrios. Que para eso en su casa, y bajo sus andas habla el repeluco por las bocas. Él manda que todo en Martes Santo se sienta de forma magnificada hasta el punto en el que uno no sabe controlar sus propios sentimientos cuando lo tiene delante. Un Dios todopoderoso con apellido carmonense, porque es Hijo de Dios y es hijo de Eslava. El único hijo de esta tierra milenaria que no mira hacia sus propios hijos... ni falta que le hace.
Porque mira el aire con olor al trigo que la humildad transforma en nuestro pan de cada día. Porque mira allí donde va a subir en el instante que a todos nos sobrecoge de dejar su sufrimiento porque "todo está consumado". Y es lo que pasa en la Judería. En ese momento en que se detiene el tiempo, todo se consuma. Se consuma la espera del año, a veces de más años cuando Él se pone caprichoso y se quiere quedar en casa para tragedia de todo San Blas. Se consuma el fervor del arraigo a una forma de vida que solo pasa lindes adentro de esas callejuelas del barrio. Se consuma el saber cuándo sale de Su casa, pero nunca a qué hora va a entrar.
Cada Martes Santo, salga o no, cada hijo natural o adoptivo de esta ciudad sabe que "Todo está consumado" y que hay que beberse el día a sorbitos muy pequeños, porque se marcha con la rapidez de una Expiración. Es imposible no estar esa noche viéndolo pasar... y no sentir... aunque sea envidia por no ser un ladrón más y poder decirle bajito "acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino, Señor". El Cristo del Barrio ante el que no salen las palabras porque se agolpan formando un nudo en la garganta, y eso que no podemos mirarlo a los ojos porque Él mira hacia arriba. Pero cuando la amplitud de su canastilla se come los adoquines de la calle y viene hacia ti, ya no existe nada más. Sólo se le mira a Él, el momento es de Él, el corazón acelerado es de Él... el tiempo es de Él... todo es de Su propiedad cuando se te acerca, mirando al cielo de sus Dolores que ya se le acaban.
Por eso se para el tiempo en la Judería, aunque sea también tiempo de "Dolores". Porque los dolores de su barrio se tornan alegrías por una tarde... por una madrugada eterna de chicotás, saetas y rezos en la plazuela. Por tantas cosas que se le dicen de boca para adentro: por un "quédate un ratito más que ya estás en el barrio y aquí ya no existe el tiempo. Por un "qué ganas tenía de volverte a ver". Por tantos "óles" que se dicen bajito cuando el "barco" dorado en el que navega Cristo por las calles de San Blas, habla por los interiores de su quilla y se oyen cosas que transforman el vello en agujas de cristal. Por todo eso al mirarlo mirar hacia arriba, hay un segundo en el que parece imposible creer que "Todo está consumado", pero se consuma de nuevo el amor más incondicional, la fe más sencilla, el cariño más orgulloso del barrio de los barrios.
Cuando se va perdiendo, a regañadientes de quien lo mira, por el dintel de San Blas, parece que el Cristo del Barrio no expira, si no que suspira pensando: "otra vez la espera". Ya lo dijo Paco Eslava, cuando se recoge no importa su ausencia porque sabe que esta en el Paraíso, y que no está solo. Porque no sólo lo acompañan dos ladrones, lo acompañan los corazones de tanta y tanta gente que siendo o no del barrio lo llevan en un rincón de su cartera, o lo tienen presidiendo una habitación de sus casas, o colgando del cuello en una medalla, o simplemente teniéndolo presente cuando necesitan hablar con Dios. Nunca dio más alegrías una mirada que no te mira, un Cristo con apellido carmonense, un paso que no se te acerca, te arrolla los sentidos, y una Expiración para comenzar el orden de las cosas, en lugar de para terminarlas.
El vecino más Ilustre del barrio. El Rey de la Judería. El que suspira en una Sagrada Expiración. El que sirve de adelanto a la transmutación de los Dolores en alegría de flores de cera, de bambalina rojo sangre, de petaladas interminables desde que una Barbacana pasa de muralla carmonense a ser muralla de Jerusalen con piedras de barrio judío y entrañas de cal. El Cristo que se estira en la Cruz del corazón de un Martes Santo para regalarnos su último aliento. Pero un último aliento que nos envuelve todo un año en una nueva espera.. porque cuando Él expira, y da el último roce la bambalina de nuestros Dolores, aunque falte media semana nadie duda que en el barrio de los barrios, cuando falta Él.. TODO SE HA CONSUMADO.
Porque mira el aire con olor al trigo que la humildad transforma en nuestro pan de cada día. Porque mira allí donde va a subir en el instante que a todos nos sobrecoge de dejar su sufrimiento porque "todo está consumado". Y es lo que pasa en la Judería. En ese momento en que se detiene el tiempo, todo se consuma. Se consuma la espera del año, a veces de más años cuando Él se pone caprichoso y se quiere quedar en casa para tragedia de todo San Blas. Se consuma el fervor del arraigo a una forma de vida que solo pasa lindes adentro de esas callejuelas del barrio. Se consuma el saber cuándo sale de Su casa, pero nunca a qué hora va a entrar.
Cada Martes Santo, salga o no, cada hijo natural o adoptivo de esta ciudad sabe que "Todo está consumado" y que hay que beberse el día a sorbitos muy pequeños, porque se marcha con la rapidez de una Expiración. Es imposible no estar esa noche viéndolo pasar... y no sentir... aunque sea envidia por no ser un ladrón más y poder decirle bajito "acuérdate de mí cuando estés en Tu Reino, Señor". El Cristo del Barrio ante el que no salen las palabras porque se agolpan formando un nudo en la garganta, y eso que no podemos mirarlo a los ojos porque Él mira hacia arriba. Pero cuando la amplitud de su canastilla se come los adoquines de la calle y viene hacia ti, ya no existe nada más. Sólo se le mira a Él, el momento es de Él, el corazón acelerado es de Él... el tiempo es de Él... todo es de Su propiedad cuando se te acerca, mirando al cielo de sus Dolores que ya se le acaban.
Por eso se para el tiempo en la Judería, aunque sea también tiempo de "Dolores". Porque los dolores de su barrio se tornan alegrías por una tarde... por una madrugada eterna de chicotás, saetas y rezos en la plazuela. Por tantas cosas que se le dicen de boca para adentro: por un "quédate un ratito más que ya estás en el barrio y aquí ya no existe el tiempo. Por un "qué ganas tenía de volverte a ver". Por tantos "óles" que se dicen bajito cuando el "barco" dorado en el que navega Cristo por las calles de San Blas, habla por los interiores de su quilla y se oyen cosas que transforman el vello en agujas de cristal. Por todo eso al mirarlo mirar hacia arriba, hay un segundo en el que parece imposible creer que "Todo está consumado", pero se consuma de nuevo el amor más incondicional, la fe más sencilla, el cariño más orgulloso del barrio de los barrios.
Cuando se va perdiendo, a regañadientes de quien lo mira, por el dintel de San Blas, parece que el Cristo del Barrio no expira, si no que suspira pensando: "otra vez la espera". Ya lo dijo Paco Eslava, cuando se recoge no importa su ausencia porque sabe que esta en el Paraíso, y que no está solo. Porque no sólo lo acompañan dos ladrones, lo acompañan los corazones de tanta y tanta gente que siendo o no del barrio lo llevan en un rincón de su cartera, o lo tienen presidiendo una habitación de sus casas, o colgando del cuello en una medalla, o simplemente teniéndolo presente cuando necesitan hablar con Dios. Nunca dio más alegrías una mirada que no te mira, un Cristo con apellido carmonense, un paso que no se te acerca, te arrolla los sentidos, y una Expiración para comenzar el orden de las cosas, en lugar de para terminarlas.
El vecino más Ilustre del barrio. El Rey de la Judería. El que suspira en una Sagrada Expiración. El que sirve de adelanto a la transmutación de los Dolores en alegría de flores de cera, de bambalina rojo sangre, de petaladas interminables desde que una Barbacana pasa de muralla carmonense a ser muralla de Jerusalen con piedras de barrio judío y entrañas de cal. El Cristo que se estira en la Cruz del corazón de un Martes Santo para regalarnos su último aliento. Pero un último aliento que nos envuelve todo un año en una nueva espera.. porque cuando Él expira, y da el último roce la bambalina de nuestros Dolores, aunque falte media semana nadie duda que en el barrio de los barrios, cuando falta Él.. TODO SE HA CONSUMADO.
12 marzo 2015
CUARESMA 2015 (VIII): CRISTOS DE CARMONA (II): "Y cielo se cubrió de tinieblas".
" Y desde la hora sexta a la hora nona, el cielo se cubrió de tinieblas" (Mt,27,45). Por eso el Señor del Lunes Santo lleva ese color en los hachones. Un Señor que nos inyecta el simbolismo de la muerte en el madero como fin a nuestras culpas, a la vez que nos enseña la metáfora de la vida. Porque en la vida cada día nos encontramos una cuesta que subir y Él sube tres. A paso lento, con mimo en la mecida porque a la muerte divina hay que saber llevarla así, sin prisa, con la dulzura de un rostro que descansa del martirio, y con el regusto de la Amargura en el paladar de nuestras almas.
Lunes que se hacen cuestas arriba de San Felipe, de Hermanas de la Cruz y Joaquín Costa. Lunes de comienzo de una Semana que ha empezado un día antes, y que sea con sol o con el cielo cubierto de tinieblas, espera el poderío de la delgadez más engrandecida al intentar venir al mundo a través de un arco de ojiva que se le queda estrecho. Tan estrecho como nuestro corazón al verlo salir cuando barruntamos que puede rozar el travesaño de Su Cruz. Pero sale. Sale año tras año. Lunes tras Lunes. Sale a enseñarnos el triunfo de la vida sobre la muerte, por un barrio que antaño quiso Dios que llegara hasta el Real.
Nadie se explica cómo en una figura tan pertrechada por el castigo que mandó hacer Su Padre, este Señor impregna tanto poder y ternura a los ojos que lo miran, caminando a paso corto sobre redobles macarenos. Cómo la faz de la muerte creada por manos góticas puede sentirse tan cotidiana, tan liviana, y otorgar tanta paz. Cómo puede acallar el bullicio de una convergencia de calles en una cuesta, congregado alrededor de una fuente custodiada por leones, y tornarlo en palmas a cada marcha engarzada para terminar de subir. Ganando centímetros al asfalto para que la gente vea, que con Su ejemplo ninguna "cuestarriba" es infinita aunque lo parezca.
No hay Mayor Dolor que el del que no puede verlo donde quisiera, y que el de aquel que lo ve pasar. No hay Mayor Dolor que el de la despedida hasta el Lunes de los Lunes del siguiente año, viéndolo desaparecer de nuevo a través de esa estrecha puerta. No hay más Amargura que la que Él desprende. No hay Lunes más santo que el Lunes que Él pasea. Apenas se le distingue la sangre que ya dejo de brotar de sus llagas. Casi no se aprecian ya las heridas secadas con el fervor de siglos. Casi no se le ve subir cuando el llamador da el tercer impacto. Casi penetran en el alma los crujidos de las maderas de su paso cuando la trabajadera se hinca en la cerviz de los pies que lo llevan.
Y así sigue este Señor de los Lunes de nuestras vidas, impertérrito en el tiempo y en los sentidos de un Lucero de ocho puntas. Recordándonos que la Amargura del Mayor Dolor puede tornarse triunfo si seguimos, poco a poco, subiendo las cuestas de nuestra existencia. Y así seguirá, por siglos, mientras que cada Lunes Santo, "cuestarriba" de San Felipe, vuelva a abrirse ese pequeño hueco de ojiva por el que saldrá la grandeza del Dios más antiguo de Andalucía. A la hora sexta, cuando en aquella Jerusalem de hace dos mil años, la tierra tembló, las piedras se partieron, los velos del Templo se rasgaron... y el cielo entero... se cubrió de tinieblas.
Lunes que se hacen cuestas arriba de San Felipe, de Hermanas de la Cruz y Joaquín Costa. Lunes de comienzo de una Semana que ha empezado un día antes, y que sea con sol o con el cielo cubierto de tinieblas, espera el poderío de la delgadez más engrandecida al intentar venir al mundo a través de un arco de ojiva que se le queda estrecho. Tan estrecho como nuestro corazón al verlo salir cuando barruntamos que puede rozar el travesaño de Su Cruz. Pero sale. Sale año tras año. Lunes tras Lunes. Sale a enseñarnos el triunfo de la vida sobre la muerte, por un barrio que antaño quiso Dios que llegara hasta el Real.
Nadie se explica cómo en una figura tan pertrechada por el castigo que mandó hacer Su Padre, este Señor impregna tanto poder y ternura a los ojos que lo miran, caminando a paso corto sobre redobles macarenos. Cómo la faz de la muerte creada por manos góticas puede sentirse tan cotidiana, tan liviana, y otorgar tanta paz. Cómo puede acallar el bullicio de una convergencia de calles en una cuesta, congregado alrededor de una fuente custodiada por leones, y tornarlo en palmas a cada marcha engarzada para terminar de subir. Ganando centímetros al asfalto para que la gente vea, que con Su ejemplo ninguna "cuestarriba" es infinita aunque lo parezca.
No hay Mayor Dolor que el del que no puede verlo donde quisiera, y que el de aquel que lo ve pasar. No hay Mayor Dolor que el de la despedida hasta el Lunes de los Lunes del siguiente año, viéndolo desaparecer de nuevo a través de esa estrecha puerta. No hay más Amargura que la que Él desprende. No hay Lunes más santo que el Lunes que Él pasea. Apenas se le distingue la sangre que ya dejo de brotar de sus llagas. Casi no se aprecian ya las heridas secadas con el fervor de siglos. Casi no se le ve subir cuando el llamador da el tercer impacto. Casi penetran en el alma los crujidos de las maderas de su paso cuando la trabajadera se hinca en la cerviz de los pies que lo llevan.
Y así sigue este Señor de los Lunes de nuestras vidas, impertérrito en el tiempo y en los sentidos de un Lucero de ocho puntas. Recordándonos que la Amargura del Mayor Dolor puede tornarse triunfo si seguimos, poco a poco, subiendo las cuestas de nuestra existencia. Y así seguirá, por siglos, mientras que cada Lunes Santo, "cuestarriba" de San Felipe, vuelva a abrirse ese pequeño hueco de ojiva por el que saldrá la grandeza del Dios más antiguo de Andalucía. A la hora sexta, cuando en aquella Jerusalem de hace dos mil años, la tierra tembló, las piedras se partieron, los velos del Templo se rasgaron... y el cielo entero... se cubrió de tinieblas.
11 marzo 2015
CUARESMA 2015 (VII): CRISTOS DE CARMONA (I): "Ahí tenéis al Hombre"
"Ecce Homo... ahí tenéis al hombre..." El Hombre que habita en las entrañas de una plaza que lleva Sus señas de identidad. El Hombre Salvador. El Hombre coronado Rey por los pecados del mundo que se le clavan en cada espina que se hunde en su piel. El Hombre que pasea entre la dualidad de la humillación romana y el poderío de los izquierdos de su cuadrilla. El Hombre que se divide entre la mofa cruel de los soldados romanos por lo que creían locura, y la piedad que desprende su mirada de sufrimiento.
El Hombre que hizo dudar de todo... a todo un Procurador Romano. Claudia Prócula, su esposa, lo sabía: "Noli condemnarunt hoc homo, sanctus est" (no condenes a ese hombre, es Santo). Pilato aportó la parte teatral al juicio lavando sus dudas. El Hombre que camina poderoso Hermanas de la Cruz arriba guardó silencio ante lo que había aceptado por voluntad de Su Padre. "Como cordero que es llevado al matadero, maltratado se doblegó... y no abrió la boca"... y cada Domingo de Ramos quiso que fuera así hasta el fin de los días.
El Hombre que se aferra a su cetro dorado del perdón porque aunque sintió el miedo, y sintió el dolor, nunca perdió la Esperanza. El Hombre que abrirá este Domingo de Ramos el camino a los "Desamparados". Y lo coronará el cielo de una mujer con cinco mil años, y lo coronarán las estrellas de la noche ansiada. Y los vencejos con sus trinos, y los cantos de ángeles terrenales de convento... Y el bullicio de la plaza de otro Rey Santo, y lo coronarán los aplausos de la gente que se agolpará otra vez en "Cristo Rey" con cada costero, con cada izquierdo.
El Hombre que mira al suelo, a las piedras que pisa como quien mira la que será la morada de la que formará parte tres días. Porque al tercero resucitará, aunque aquí los tres días, se hagan un año, se hagan una Cuaresma, se hagan una Semana, se hagan una vida... porque la vida cabe en una Semana. El Hombre que atado ofrece la libertad, el que condenado ofrece el perdón. El que fue ofrecido al pueblo y dos mil años después sigue siendo ofrecido, pero esta vez con veredicto contrario. Porque nadie que lo vea coronado de espinas, ansía otra cosa que salvar al Salvador. Porque quien lo ve sabe que detrás viene la Esperanza de verlo resucitado y de que la profecía vuelva a cumplirse.
El Hombre que es Dios. El Dios que es Hombre. El Hombre que vivió para morir, pero murió para vivir eternamente en nuestros corazones cada Domingo de Ramos de nuestra eternidad. La Corona de Espinas esa tarde, esa noche, esa entrada en la madrugada, cada vez tiene menos espinas para Él, y más para nosotros. Porque preferimos que se nos clave la piedad en el corazón al verlo pasar, y cambiarle las espinas por suspiros, por lágrimas, por aplausos, por escalofríos de emoción. La Coronación del Hombre es la coronación de nuestras almas cada trescientos sesenta y cinco días, cuando ese reo nos vuelve a recordar que demostró con su sangre brotando de las llagas de sus espinas la condición humana que vino a salvar.
La condición que día tras día nos hace gritar sin darnos cuenta: "Crucifícalo", "Libertad para Barrabás". Y cuando llega el Domingo de Ramos volvemos a darnos cuenta de nuestro error diario. No se puede decir más con una mirada, una Corona de Espinas en la cabeza, y un Cetro de caña dorada en las manos: "Yo soy el camino, la verdad... y la vida". Entonces es cuando nos santiguamos, rezamos, miramos, lloramos y suspiramos al verlo pasar. Porque entendemos que en aquel momento el Hombre era más Dios que nunca. Y Claudia Prócula lo soñó y lo sabía, y Pilato lo intuyó... y así nos lo hará saber este Domingo de Ramos, y será cuando le encontremos mucho más sentido al mirarle a los ojos, al intento de que se apiadaran de él:... "ECCE HOMO... ahí teneis... AL HOMBRE".
El Hombre que hizo dudar de todo... a todo un Procurador Romano. Claudia Prócula, su esposa, lo sabía: "Noli condemnarunt hoc homo, sanctus est" (no condenes a ese hombre, es Santo). Pilato aportó la parte teatral al juicio lavando sus dudas. El Hombre que camina poderoso Hermanas de la Cruz arriba guardó silencio ante lo que había aceptado por voluntad de Su Padre. "Como cordero que es llevado al matadero, maltratado se doblegó... y no abrió la boca"... y cada Domingo de Ramos quiso que fuera así hasta el fin de los días.
El Hombre que se aferra a su cetro dorado del perdón porque aunque sintió el miedo, y sintió el dolor, nunca perdió la Esperanza. El Hombre que abrirá este Domingo de Ramos el camino a los "Desamparados". Y lo coronará el cielo de una mujer con cinco mil años, y lo coronarán las estrellas de la noche ansiada. Y los vencejos con sus trinos, y los cantos de ángeles terrenales de convento... Y el bullicio de la plaza de otro Rey Santo, y lo coronarán los aplausos de la gente que se agolpará otra vez en "Cristo Rey" con cada costero, con cada izquierdo.
El Hombre que mira al suelo, a las piedras que pisa como quien mira la que será la morada de la que formará parte tres días. Porque al tercero resucitará, aunque aquí los tres días, se hagan un año, se hagan una Cuaresma, se hagan una Semana, se hagan una vida... porque la vida cabe en una Semana. El Hombre que atado ofrece la libertad, el que condenado ofrece el perdón. El que fue ofrecido al pueblo y dos mil años después sigue siendo ofrecido, pero esta vez con veredicto contrario. Porque nadie que lo vea coronado de espinas, ansía otra cosa que salvar al Salvador. Porque quien lo ve sabe que detrás viene la Esperanza de verlo resucitado y de que la profecía vuelva a cumplirse.
El Hombre que es Dios. El Dios que es Hombre. El Hombre que vivió para morir, pero murió para vivir eternamente en nuestros corazones cada Domingo de Ramos de nuestra eternidad. La Corona de Espinas esa tarde, esa noche, esa entrada en la madrugada, cada vez tiene menos espinas para Él, y más para nosotros. Porque preferimos que se nos clave la piedad en el corazón al verlo pasar, y cambiarle las espinas por suspiros, por lágrimas, por aplausos, por escalofríos de emoción. La Coronación del Hombre es la coronación de nuestras almas cada trescientos sesenta y cinco días, cuando ese reo nos vuelve a recordar que demostró con su sangre brotando de las llagas de sus espinas la condición humana que vino a salvar.
La condición que día tras día nos hace gritar sin darnos cuenta: "Crucifícalo", "Libertad para Barrabás". Y cuando llega el Domingo de Ramos volvemos a darnos cuenta de nuestro error diario. No se puede decir más con una mirada, una Corona de Espinas en la cabeza, y un Cetro de caña dorada en las manos: "Yo soy el camino, la verdad... y la vida". Entonces es cuando nos santiguamos, rezamos, miramos, lloramos y suspiramos al verlo pasar. Porque entendemos que en aquel momento el Hombre era más Dios que nunca. Y Claudia Prócula lo soñó y lo sabía, y Pilato lo intuyó... y así nos lo hará saber este Domingo de Ramos, y será cuando le encontremos mucho más sentido al mirarle a los ojos, al intento de que se apiadaran de él:... "ECCE HOMO... ahí teneis... AL HOMBRE".
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


.jpg)


